MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA

MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA
Equipo de muralisas Luis Nichela, Silvana Nichela, Mauro Rosa y Mauricio Barreto

15 ago 2007

¿Que diria Foucault?


Usted no me va a creer la imagen, porque es parte archiconocida de miles de relatos. Pero fue verdad, le aseguro. Don Acosta siempre me esperaba en el mismo bar “El Trébol” -¿y cómo se iba a llamar el bar?- en la mesa de madera junto a una ventana donde finj{ia mirar hacia el Mercado Viejo, como si pudiera ver algo entre las cagadas de mosca y las impresiones digitales de sucesivos bebedores a lo largo de más de cincuenta años. Hacía girar el vaso de vino blanco, porque en verano era vino blanco, semillón. Una de las cosas que yo había admirado de Acosta treinta años antes era su manera de mantenerse incólume al invierno con este mismo traje marrón, camisa blanca y una corbata muy fina de colores oscuros, aunque vaya a saber que colores habían sido. Lo que seguía admirando, era que fuera un periodista de aquellos que meten las narices, juntan información, guardan recortes y tienen en la cabeza un perfecto registro de relaciones y entramados de hechos y personajes. Se manejaba con papeles en los bolsillos, por eso decía que en verano tampoco podía prescindir del saco, aunque hicera calor. “Lo que mantiene la temperatura equilibrada m’hijo – me decía – es el regulador interior, blanco semillón en verano, tinto en invierno”.
De repente llegaba una noticia al diario y Acosta empezaba a sacar bollos de papeles de esos bolsillos insondables como los de Chico Marx, revolvía su escritorio de lata –por el que rara vez aterrizaba- y a la noche ya tenía lista la nota con todas las implicancias, antecedentes y derivaciones del caso. Claro, en esos tiempos hubo mucha gente ofendida, la memoria de Acosta era una especie de conciencia periódica.
- ¿ Y porque nos hace esto? – le pregunté en cuanto llegué, de sopetón para ver si lo agarraba descuidado. Pero eso a él jamás, tucumano ladino y visteador como era.
- Mire m’hijo... nostros trabajamos con las palabras y la memoria – sorbió del vaso y se puso a mirar los redondeles que hacia el culo de vidrio sobre la madera.- Vengo de unos diarios donde escribían Scalabrini Ortiz, Rodolfo Walsh, Roberto Arlt...
Aproveché una larga pausa para pedirme una ginebra, cosa que en “El Trebol” todavá no despertaba escandaletes.
- Uno escribía con palabras adecuadas para cada cosa, como en español ¿vio?
- ¿Y? Hasta ahora me suena a excusa... ¡vamos!
- No crea, no crea – me miró desde sus profundidades, porque detras de esos párpados apenas caídos, esas ojeras y esas cejas profusas había una profundidad a veces triste, a veces aterradora... o socarrona, como yo la había conocido hace mucho.
- El español... o castellano, como quieras, una herramienta para expresarse, comunicarse, amarse, mentir, exaltarse...
Cometí el error de pretender apurarlo, me parecía que divagaba
- Y bueno, seguimos hablando y escribiendo en español...
- Y mintiendo, sólo que ya no se miente, se resignifica, ya los delincuentes no son delincuentes, son apenas “corruptos” en el peor de los casos, no hay pobres ni obreros, hay carenciados y fuerza de trabajo por no hablar de recursos humanos. Mi bandera era el símbolo de mi país, ahora es un ícono, que viene del griego “imagen” pero la imagen de mi país puede ser una modelo adolescente o un político equivocado o un jugador que erró un penal.
Sabía que los preámbulos de Acosta podían ser largos, aunque todavá no le tomaba el hilo tenía que esperar. Él sorbió otro trago y continuó:
- Y no es que no fuera una profesión peligrosa, vos lo sabés –recordé a cierto periodista de Rosario, hacía ya muchos años, recordé a Walsh – pero antes usábamos las palabras exactas, un asesinato era un asesinato, homicidio... o como quieras, pero nunca un “error” y el que tiraba cometía un crimen, no era fuego amigo. ¿Creés vos que han cambiado tanto los tiempos, que soy un melancólico?
Iba a decirle que no pero ni me escuchó, había tomado envión:
- ¿Sos de los que piensan que la “globalización” es una creatura del la tele y los satélites? – Otra vez iba a decirle que no, yo era de los que recuerdan el plan Marshall, la Ayuda para el Progreso y el United Kingdom con su Commonwealt...
- ¡Ah! – saltó – entonces también estás en desuso querido, eso se llama memoria y no se usa
Me quedé helado... ¿cómo sabía lo que yo estaba pensando? Y después de todo, razón lo que se dice razón tenía, yo también estab en desuso.
- Porque si averiguás algo inconveniente se llama “oposición” y si vas a cubrir una nota tenés que aceptar lo que las oficinas de prensa te tienen preparado. Eso eran arquetipos, o si querías quedar bien con el grupo de Florida eran macchiettas. ¿Y los límites de la ética? Teníamos claro lo que es propaganda, eso que se convirtió en promoción y permite cualquier cosa, el asunto es vender, hasta las ideas hay que venderlas...
- Pídase otro semillón Acosta, voy al baño – dije, aunque el vaso parecía no disminuir.

Cuando volví haciendo ese gesto viril de pasar la mano para cerciorarnos que que la bragueta este cerrada, miré a la mesa de la ventana. Acosta ya no estaba. Me senté y miré hacia la calle, el Mercado tampoco estaba. Entonces me concentré en las manchas sobre la madera. Muchas manchas dejadas por los culos de vidrio, vino tinto, vino blanco... y me quedé un largo rato pegado a una en especial, semicircular, una mancha de risa.
Mañana voy a ir al cementerio, ya sé que no se usa, pero Acosta merece un trago, es llo menos que puedo hacer por mi maestro de cuando leíamos a Sartre.


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