MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA

MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA
Equipo de muralisas Luis Nichela, Silvana Nichela, Mauro Rosa y Mauricio Barreto

14 ene. 2015

Socorro

Les prohíbo
Pensar distinto
Ser dueños de su destino
Yo soy el dueño
De su presente y su futuro
Soy la ley y les ordeno
Quedarse quieto
No hablar  con el otro
No hay posible vuelo
Bajo mi mando
Yo mando
Yo mato
Manejo el tiempo
Tu  plazo
Yo vivo
Soy carcelero
Vos un tonto
Preso político.
 
                             Daniel H VICO
                             11 – 01 - 2015

23 sept. 2014

UN PUEBLO COMO TANTOS




Nadie sabía exactamente desde cuándo estaba ahí el Polaco. Los más memoriosos contaban desde que ya tenía el galpón de chapas, el mismo donde ahora está su taller mecánico. Pero estaba desde antes. Después levanto la casa y así se quedó para siempre.
Arreglaba todo, desde los molinos de viento que llenaban tanques australianos con agua de pozo hasta los carros y coches de la época. Componía el cabriolé de las niñas Paniagua, la “Villalonga” que transportaba gente a la ciudad una vez por semana, jardineras y tílburys. Lo más moderno era el playo de Hassam e Hijos, despacho de pan y harina al por mayor. Moderno porque tenía ruedas con neumáticos de caucho.
Después fue el pueblo, desde que se trazó la Plaza y en la ciudad decidieron que había que formalizar la Sociedad de Fomento, para lo cual se erigió un mástil sobre un pedestal muy lindo que construyó Tamburini, albañil y frentista, se hacen pozos a balde y lápidas de lujo.
Elegido el nombre, quedó “San Cayetano del Milagro del Fin de las Langostas”; pero algo pasó.
La noche anterior a la llegada de la comitiva que dejaría formalmente fundado el pueblo, con su correspondiente Comisión de Fomento, izaron la bandera en la Plaza. Fue tanta la alegría que cuando empezó a oscurecer se iban yendo a dormir de a poco hasta que no quedó nadie, y se olvidaron la bandera. Durante la noche se levantó una tormenta terrible, como pocas veces sucedía, pero cuando venían, venían con todo.
Y ¡flap, flápete, flap! la bandera en el mástil. Cuando salió el sol y pudieron salir de las casas, corrieron a ver qué había pasado.
Allí fue la tristeza y la culpa. La preciada bandera había quedado reducida a la mitad, deshilachada por el ventarrón. Nada que hacer, no quedaba tiempo para ir a buscar otra. Provisoriamente pidieron prestada la de la escuela y así pensaban esperar a los funcionarios del gobierno, pero sabido es que los niños en su inocencia pueden ser muy crueles. Los del pueblo no eran la excepción; apenas vieron la bandera maltrecha comenzaron a saltar en torno al mástil cantando y gritando: “Bandera colí-Bandera colí- Bandera colí…”. Y las desgracias no vienen solas. Al bajar del coche los esperados funcionarios, con el primero que toparon fue con el Polaco, que asistía azorado a todo lo que pasaba sin entender muy bien el porqué de los cantos y gritos. Cuando el encargado de los discursos, para entrar prevenido, le preguntó al mecánico cuál era el nombre del pueblo, el Polaco le contestó medio en Babia: “Bandera colí”.
Desde ese día, “San Cayetano del Milagro del fin de las Langostas” se redujo al más cómodo “Bandera colí”.

Con el tiempo llegaron los colonos y el Polaco empezó a meter mano en los tractores. Máquinas de todo tipo esperaban turno en el predio del galpón de chapas, mientras el mecánico, cachazudo y con todo el tiempo del mundo, hablaba con checos, búlgaros y friulanos de igual a igual.
“Má, é que esto polaco son capace de hablar toda la lengua del mondo” decía sapiente Tamburini mientras tomaban el vermú del domingo.
Pero al Polaco no le interesaba la plata. Con esta bonanza se le ocurrió hacer una donación para comenzar una colecta “Pro Salón de Fomento”. Y la idea cayó tan bien que se sumaron el Club de Bochas y la Cooperadora escolar. Después de un par de buenas cosechas y de la venta de lana, ya contaban con un lindo salón frente a la Plaza, compartido con el Club de Bochas y un incipiente cuerpo de Bomberos Voluntarios “Bandera colí”. Entonces doña Manuelita tuvo otra idea brillante, confeccionar un gran cuadro donde estaría como en un altar aquella bandera histórica que diera nombre al pueblo. Y así se hizo. Desde entonces al entrar al Salón de Fomento, a mano derecha, se puede ver el cuadro con la bandera y debajo una repisa de mármol con un jarrón de bronce, donación de Tamburini, donde doña Manuelita se encarga de renovar un ramo de flores periódicamente.

La realidad se encarga de hacer tropezar los mejores cuentos, y así pasó con la historia del Polaco.
Flaco, alto y colorado de pelo y mejillas, siempre se lo llamó así a falta de un nombre de pila, que por comedimiento nadie quería preguntar. Pero cuando llegó la hora de agradecer las donaciones se encargó a doña Manuelita que discretamente averiguara algunos datos personales.
La simpática vecina encaró así el tema:
- ¿Y hace mucho que vino de Polonia don?
- ¿Cómo dice?- se asombró el mecánico
- Que desde cuándo vino de Polonia.
- Disculpe señora, no vine de Polonia yo –fue la increíble respuesta.
- ¿Y es de por acá cerca nomás?- insistió doña Manuelita
- No señora, vine de muy chico de allá – dijo el Polaco señalando vagamente al este, hacia la frontera.
- ¿De la costa? – crecía el azoramiento de la doña, y el Polaco remató para dejarla tranquila:
- No señora, de Brasil, nací en Belo Horizonte señora.
Un gran traspié para la leyenda regional, pero lo superaron. El que no apareció por un tiempo al vermú de los domingos fue Tamburini.

Doña Manuelita decía ser descendiente directa de don Juan Manuel de Rosas, y ya que en el pueblo tenían semejante rama del árbol de un prócer, quién lo iba a discutir.
En los ratos libres que le dejara su profesión de modista o eventualmente sastre, la señora gustaba reunir a los más chicos en la Plaza, se llevaba una silla tijera y el mate, y les contaba cuentos e historias bastante adornadas por su imaginación. Las madres contentísimas, sabían que después de la escuela el niño o la niña estaban un buen rato tranquilos al cuidado de doña Manuelita. Los días y los años se sucedían sin grandes sobresaltos, a menos que el domingo se juntaran a comentar las noticias de la capital que traía la radio. Pero la preocupación duraba poco, había cosas inmediatas e importantes que resolver.
Hasta que los cambios también llegaron a Bandera colí.
Primero quedó abandonado en lo del Polaco el cabriolé de las niñas Paniagua. Las pobrecitas fallecieron solteronas, y los parientes que llegaron de lejos a repartirse la herencia no se iban a fijar en minucias ni tradiciones. Se fueron lo más pronto posible. Después fue el playo de Hassam, los hijos decidieron comprar un camioncito; y el veterano jubilado que tiraban cuatro mulas al pértigo y un cadenero manso, fue a parar a lo del Polaco.
La Villalonga se venía salvando, porque era lo mejor para pelear con el barro y traer los chicos de los colonos a la escuela del pueblo; pero del Ministerio mandaron un ómnibus. El hijo de Tamburini lo manejaba. El tractor Pampa fue otro descartado que empezó a dormir a la intemperie atrás del galpón de chapas. Al Polaco le sobraba tiempo, los autos nuevos se llevaban a reparar a la ciudad; aunque en caso de apuro sus vecinos jóvenes se acordaban que sus manos arreglaban cualquier cosa.
Pero le sobraba tiempo.
Entonces ideó cómo entretenerse entreteniendo.
Dejó como nuevo el Pampa, le ató el playo de Hassam, después el cabriolé de las Paniagua, y por último la Villalonga y comenzó a dar vueltas a la Plaza muy despacio.
Los chicos enloquecidos de contento querían treparse a toda costa. Entonces detuvo la procesión y los hizo subir. Doña Manuelita, no menos entusiasmada, desapareció en su casa lo suficiente para cambiarse de ropa, y apareció muy orgullosa vistiendo faldas amplias con miriñaque, corpiño con muchos volados y puntillas, y un peinetón exagerado con mantón rojo punzó. La buena señora ya se sentía la auténtica Manuelita Rosas. Y todos muy contentos, se pusieron a dar vueltas por el pueblo. Tiempo después se agregaron el ya muy anciano Tamburini y Hassam padre, que no soportaba vivir con sus exitosos hijos empresarios.

La vida seguía, llegó el asfalto, los autos de altas velocidades y con tablero electrónico, los chicos miraban fijamente sus teléfonos celulares mientras doña Manuelita trataba de contarles cuentos que cada vez le exigían más esfuerzo; y enfrentado al Salón de Fomento y Club de Bochas se alzó el insípido y pedante edificio del Club Hípico y Social. El Polaco ya no tenía ganas de andar por el pueblo, menos aún con los guardias municipales persiguiéndolo.
Una tarde volvió a enganchar su caravana al tractor Pampa y se quedó mirándola sin nostalgia. De pronto una mano le alcanzó un mate. Era doña Manuelita, más Rosas que nunca, cebando mate bajo el aromo del Restaurador. Bufando y renegando con sus dos bastones, apareció Tamburini y sin pedir permiso se instaló en el cabriolé. A Hassam padre lo trajo uno de sus nietos que gritó desde la tranquera. “A ver si lo distraen un poco que anda insoportable el viejo”.
No hizo falta nada más. Ya todos acomodados, el Polaco arrancó con el Pampa y partieron todos hacia allá. Hacia donde decían que está Brasil. O la frontera…o el río.
GERARDO PENNINI


30 abr. 2013

HIERRO DEL 8(POBRE GARCÍA)



Tensa la vena de la sien, cara deformada entre  la pared y mi codo que expresa un terror y desconcierto. Siento la grasa de asado en la mano y un líquido caliente sobre mis pies, retrocedo un puño y adentro con fuerza. Escucho un resuello, otro, un quejido cortito y quedo, y de golpe el empujar se transforma en un peso muerto, una masa floja que se me cae y no la atajo. Se desploma doblándome la muñeca y vaciándome la mano. Honestamente me parece un final choto para un lindo día.
Comenzó como todos temprano y con mates bien calientes y amargos, de los que preparo para que nadie quiera, me agrando como que son buenos y son una sola brasa que se lava inmediatamente. …  No es fácil dejar en claro que conmigo no se jode, todo el lenguaje del cuerpo tiene que acompañar, el volante a las diez y diez, al que te acerca la cara lo madrugo con un apretón de manos de morsa de carpintero. Bajo las bolsas al hombro como el que más, descargo viguetas y las cajas de inspección de cemento sin guantes, y destapo cañerías de 110 sin quejarme del olor a mierda. Soy lo que se dice un poli rubro, a mi el arquitecto me tiene confianza y como conmigo no falta ni un pedazo de alambre 17, me confía el fletero y voy al corralón y saco con mi firma nomás. Yo se que él confía pero controla también y sé que algún buchón tiene que controla lo que bajo y lo que saco en el corralón.
A la mañana cayó con un pibe nuevito que la mamá mandó porque no quería estudiar, flojito por donde lo mires, lindo de cara y cuerpito varonil pero sin curtir. Ágil y saltarín, bromista, agrandado y de river; yo lo miraba y me calentaba, no me lo bancaba y me atraía, me repugnaba y tenía ganas de seguir comiéndomelo con los ojos.  Para colmo me lo pusieron a trabajar conmigo, tuve que ir a buscar cemento, unas veinte bolsas, de Loma Negra porque  otra no usamos. Tiene  que ser buena la mezcla para que sea buena la zapata. Le temblaban las patitas de nervios, yo creo que no se las podía y él lo sabía. Le  miré la bragueta y me parece que se dio cuenta, sentí un calor de juventud… no sé bien que sentía.
Nos cargaron las bolsas en la chata y arrancamos, llegamos a la obra y presenciamos la discusión de García con el maestro mayor de obra, no le aceptan ni un día más en pedo, pero el tipo tiene dos familias  y no se puede caer con las manos vacías. La discusión subió de tono y cada vez se ponía peor el gaita manoteó una pala y el capataz la barajó en el aire con una rapidez de rayo. Lo tranquilizó y le dijo mañana hablamos. Es seguro que lo va a echar pero le da tiempo de blanquear y prepararse para los abogados. En fin, se dio vuelta y me vio la cara de no estar de su lado y a la vez saber que me puede pedir lo que sea que lo voy a hacer. Me indicó que me quede cuidando  la obra y no me duerma y que se quede el pendejito que no se banca las bolsas. Que se puede a esperar que venga a llevarse las herramientas y hacer alguna cagada. Moreno echó cemento en un codo y los baños se tapaban del primero al décimo, esa fue grande pero la verdad que también una injusticia.
El patrón no es boludo, García cayó en pedo con una tira de asado y sin parrilla. Agarré una mola y le saqué punta a un fierro del 8, ensarté el pedazo y vuelta y vuelta en el asador de obrero pobre. Lo escuché  a García sin creer que tantas historias de macho de antes entraran en un solo tipo, nos cagamos de risa y a la vez de tristeza de tango, de promesa incumplida y de no poder abandonar, de bailar con la mas fea y estar contento porque al menos alguien. Las dos esposas, varios pibitos y ya el primero que pintaba para terminar la secundaria, yo creo que mentía y quería hacerse el buen padre, él se terminó de mamar y se paró para irse. Quiso mandarse una y le agarré la mano, lo miré y entendió que estaba ahí para evitarlo, movió la cabeza, se despidió y se perdió en un pasillo sin luz tanteando la salida.
Al volver al tacho con fuego me di cuenta que los únicos focos que había cuidaban los materiales y nosotros a la luz de la llama. Lo vi acostadito como un angelito dormido, de medio lado. La camperita de vaquero llena de yeso le dejaba ver hasta el ombligo cuando levantó los brazos para hacer de almohada. Yo me sentía hirviendo, no lo podía controlar y no me gustaba, me parecía un atropello a tantos años de sentimientos distintos. Me senté al lado sobre las bolsas de cemento estibadas de a 5 y le toqué la panza sin grasa y dura y lo acaricié y perdí el control de mi y le bajé el pantaloncito de buzo y tenía el pito medio parado y medio dormido y medio despierto se la chupé despacito y le gustaba sin despertarse. Me di cuenta que se excitaba y se me endurecía en la boca. El pibe estaba por acabarme y se despertó de ese sueño exaltado, no entendía, quería salir corriendo y salió derecho contra la pared. Lo sostuve con el codo y manotié el hierro con un trozo de carne ya seco. Le calculé el estómago y apunté para arriba. Ya conté el resto, lo que no conté es que en ese momento quedé tan caliente que me pajié con un mango de pala y me saqué el corpiño, me toqué las tetas y me incendié como hacía mucho no me pasaba. Me dormí como un tronco, a las 5:30 me levanté y me lavé las manos, el pecho y la cara en un tacho de 200lts. Hice unos mates hirviendo y me puse a pensar cómo explicar que la cagada se la mandó García. Las minas como yo somos muy complicadas y tengo que ver qué le digo a mi mujer.   
DANIEL COÏSSON
           

17 abr. 2013

14 abr. 2013

EL MISTERIO DE SEPULVELANDIA





Todo empezó hace mucho tiempo atrás, todavía en vida de Ernesto Sepúlveda.
En un corto viaje de Don Ernesto a Bahía Blanca por un trámite de su jubilación, se habría encontrado en una oficina pública con una persona que aseguró conocerlo. Don Ernesto no tuvo la misma impresión. Intercambiaron algunos datos y el hombre vislumbró que hace muchos años él había estado unos días por trabajo en un pueblito del sur llamado Sepulvelandia y, si bien no recordaba su nombre, estaba seguro de haberlo conocido allí.
La historia hubiese sido posible teniendo en cuenta que Sepulvelandia era el pueblo natal de Don Ernesto, de no ser que la fecha a la que el hombre refería  coincidía con que Don Ernesto estaba viviendo en Bahía Blanca y durante dos años no piso su pueblo.
El hombre estaba muy convencido de día, mes, año y si lo apuraban hasta la hora en que dejó el pueblo ya que coincidió con el nacimiento de su único hijo y ese fue el motivo por el cual se trasladó a La Plata y no volvió nunca más a Sepulvelandia.
Al no poder coincidir las historias convinieron que tal vez hubo conocido a algún pariente suyo, vaya a saber cuál de todos, que se le parecería físicamente, aunque no pudieron precisar bien de quien se trataba.
Esto los dejó conformes, pero inauguró la sucesión de hechos que luego dieron forma al misterio.
Casos similares a los de Ernesto se sucedieron a lo largo de los años, con la intervención de distintos protagonistas. Dos o más personas se encuentran en algún lugar del planeta y uno de ellos al menos es sindicado como conocido. Intercambian datos que se tornan asincrónicos y anacrónicos hasta que convergen en un acuerdo. Los dos conocen un lugar, uno por haberlo visitado y el otro por ser residente. Eso siempre conformaba.
Las circunstancias fueron de lo más variadas, pero existía una constante. Ese lugar siempre era Sepulvelandia.
Emmanuel Soto fue el primero que planteó una hipótesis de estudio acerca del tema.
Siendo todavía estudiante de sociología debió cumplir una pasantía cerca de un paso fronterizo en la Patagonia. Era una condición que se le  requería por estudiar en una universidad mormona. Emmanuel pasaba casi todas las tardes en la aduana con los gendarmes y aprendió rápidamente de sus vicios y costumbres.
Visto que el trabajo en general  se transforma en monótono y aburrido, los uniformados recurrían a variados pasatiempos. Mientras estaban apostados en el exterior  competían haciendo puntería con piedritas a diversos blancos. Pero cuando el trabajo es en la oficina, debían recurrir a otros entretenimientos. Y entre ellos estaba el de adivinar de que lugar provenían o hacia donde se dirigían los pasajeros.
Allí fue donde Emmanuel descubrió el detalle que luego se transformó en una obsesión.
Las personas provenientes de Sepulvelandia eran fácilmente reconocibles por casi la totalidad de los empleados de Aduana. Solo había un cadete que no lo lograba, pero los demás adjudicaban esta torpeza a que vivió varios años en esa ciudad. Otros decían que era de tarambana nomás.
Al ver Emmanuel esta facilidad para detectar a dichas personas empezó a prestar atención, y en poco tiempo adquirió esa habilidad sin mayores esfuerzos.
Hombres, mujeres, niños o ancianos provenientes de Sepulvelandia eran detectados simplemente con un golpe de vista.
Pero la pregunta de Emmanuel era ¿Por qué? Nada parecían tener de distinto estas personas a las miles que circulaban esos puentes.
No eran de una raza especial, ni etnia distinta. Vestían como cualquier otro y hablaban la misma lengua de todos.
Sin embargo había algo diferente en ellos, algo especial.
Durante esos larguísimos seis meses de pasantía se había repetido una y cien veces la misma pregunta sin encontrar un esbozo de respuesta.
Empezó a indagar buscando entre las personas mismas la respuesta. Tuvo contactos breves, diálogos de tres o cuatro frases, y hasta mantuvo una conversación de nueve minutos con una familia.
Todos tenían algo, pero el “qué” no aparecía
         No contento con eso también incursionó en la fotografía.
Al principio con la excusa de tomar el paisaje incluía en el cuadro a la persona requerida.
Necesitó mas aproximación e inventó el cuento de un relevamiento de personas  a lo que muchos se negaron por considerarlo sospechoso y los gendarmes inmediatamente se lo prohibieron.
Le quedó como recurso el intimar con los viajantes deseados para el estudio hasta lograr un recuerdo de ese momento, estrategia bastante efectiva pero muy difícil dado el breve encuentro al que estaba sujeto. Con este método solo pudo conseguir la foto de una pareja de jubilados.
No había caso, algo había en esas personas que las hacían distintas, pero ese algo no estaba a la vista al parecer.
Terminada su pasantía en el paso fronterizo, Emmanuel debía buscar nuevo destino.
No le fue difícil convencer a las autoridades mormonas que lo destinaran a ese pueblo misterioso para él, visto que Sepulvelandia tenía todas las características de lugar miserable que elegían los mormones para hacer su prédica.
Allí podría completar su estudio in situ, y mientras cumplía con las obligaciones para con su beca, desentrañaría un nudo que se le había atravesado en el estómago.
A esta altura podríamos quizás estar hablando de un capricho.
Ya en el pueblo le fue asignado como compañero de estadía el elder Kenny Guinn, un gringo alto, rubio y de mandíbula prominente, originario de Nevada pero que estudiaba medicina en una universidad de Utah. A simple vista Kenny no parecía muy avispado y encima le costaba el idioma. Quizás la convivencia en otra circunstancia hubiese sido una pesadilla, pero tan metido estaba Emmanuel en su investigación que poco le importó tener que compartir la habitación con Kenny o con un oso pardo  si fuese necesario.
Empezaron a recorrer juntos las calles de Sepulvelandia con el objeto de entablar relación con los habitantes del lugar. Su misión era llevar el mensaje de Joseph Smith, fundador de la iglesia mormona hasta el último rincón del planeta.
Esto les permitió charlar con mucha gente, si bien fueron poquísimos los que aceptaron un diálogo más ameno.
A cada paso Emmanuel iba reafirmando su hipótesis. Todos los habitantes de Sepulvelandia se parecían en algo.
Al principio el razonamiento fue el más lógico. Este es un pueblo chico, pensó, seguramente que hace apenas unas décadas no habría mas que un puñado de familias.
El instinto supremo de perpetuación de la especie debería de haber primado por sobre las reglas morales, y posiblemente hubo mas de una pareja de parientes.
Al ser tan pequeña la red de posibilidades, la endogamia habría formado un pool genético bastante repetido en la localidad, evaluó el futuro sociólogo. De ahí que aparezcan rasgos comunes en todos los habitantes, porque en lo mas bajo del árbol genealógico, seguramente eran consanguíneos.
Esta explicación habría conformado a más de cuatro de no ser que Emmanuel era una persona reticente a aceptar las cosas fácilmente.
Por eso siguió preguntando.
Y no sin sorpresa encontró más datos.
Muchos de aquellos que portaban ese aire localista tan particular, no eran nativos de la ciudad.
Los hubo llegados de otros espacios nacionales y hasta internacionales. Muchos arribaron con las grandes obras hidráulicas de la zona, otros con la explotación del petróleo y algunos por oferta de trabajo inexistentes en su lugar de origen. Por distintos motivos decidieron radicarse, sino para siempre, al menos por largo tiempo.
La cosa entonces aparecía como más difícil, ya que no se le podía asignar a la genética el origen de la semejanza conciudadana.
Hablar de este tema con Kenny le producía a Emmanuel una sensación de vacío, ya que no había por parte del yanqui ninguna muestra de interés en el tema. En lo único en lo que el rubio invertía sus tardes era en ir al gimnasio a levantar pesas y a veces a tratar de embocar una pelota en un aro de básquet del patio. Podía estar horas enteras abocado a esta tarea.
Por las mañanas ambos se ponían sus pantalones negros, camisas blancas, sus corbatas y sus credenciales en el pecho y salían a recorrer las calles de Sepulvelandia., bajo un sol que caía como un soplete sobre una ciudad sin árboles. Kenny solía decir que este paisaje era muy parecido al de su ciudad natal, ubicada prácticamente entrando al desierto de Mojave, pero tal cual era varias décadas atrás, incluso antes de la llegada de los casinos que todo habían modernizado.
Emmanuel le había pedido al gringo que por lo menos observara y prestara atención a la gente, a ver si reconocía algo que le resultara familiar.
Una mañana habían logrado entrar a conversar en lo de Elsa Sepúlveda, una mujer sencilla que mas que interesarse por lo que los muchachos tenían para contarle, se había apiadado de ellos al verlos acalorados bajo el sol del verano y sin un poquito de sombra donde refugiarse. Los alentó a pasar a sentarse bajo la parra y les ofreció algo fresco.
Mientras le contaban a Elsa acerca del legado de Mormón, de la aparición de Moroni en forma de ángel y de las escrituras en las planchas metálicas, Emmanuel percibió que Elsa tenía claramente el resplandor sepulvediano. Nadie podía confundirla en ninguna parte del mundo ni mezclada entre cien personas. Pero también se dio cuenta de algo que no llegó a comprender en ese momento. Su compañero casi no hablaba, y cuando lo hacía se le escapaba una risita idiota que ninguno de los dos interlocutores acababan de entender a que se debía.
Se notaba claramente que el rubio trataba de reprimir su tentación, ya que se lo veía lagrimear e incluso se le escapaban mocos por la nariz en una especie de estornudo contenido.
Elsa no le prestó mayor atención y seguramente adjudicó este comportamiento a la estupidez natural de los gringos, pero Emmanuel, que sabía que su compañero no se comportaba así habitualmente, lo increpó apenas salieron de la visita.
-¿Se puede saber que te pasa a vos acaso?- preguntó ya en la calle.
-Oh Elder, debes disculparme- contestaba el yanqui mientras no dejaba de reír- pero en parte es culpa tuya. Tú me pediste que observara a la gente y así lo hice, y mirando a señora Elsa me vino rápidamente imagen de Marty, y no pude contener la risa, perdóname
-No te entiendo Kenny ¿quien es Marty?- preguntó ya impacientándose Emmanuel.
-¡Marty was a cow!- dijo Kenny dejando escapar una carcajada que lo hizo doblar en dos.
-¿Que decís?
-¡Que Marty era una vaca! Una vaca que tenía mi padre en la granja de Nevada- aclaró el norteamericano –Y señora Elsa miraba igual que Marty, por eso yo reía.
Emmanuel quedó petrificado por unos segundos. No sabía si mandarse a mudar de ese lugar de una vez por todas y terminar la convivencia con este infradotado o prestarle atención.
Y de repente se dio cuenta de que Kenny tenía razón.
Pensándolo mas fríamente, era cierto, la señora Elsa tenía mirada de vaca.
Y haciendo más amplio el razonamiento, podía ser que el rasgo de Sepulvelandia típico se debiera justamente a eso, ¡a su particular mirada de vaca!
¿Podría ser que este tontolote de Kenny se haya dado cuenta de golpe de lo que a él lo venía atormentado desde hace meses? pensaba Emmanuel con algo de desprecio. Se propuso investigar a fondo el tema para confirmar o deshacer esta posibilidad.
Esa misma tarde se fue sin explicarle a Kenny el por qué a pararse en la puerta del supermercado. Necesitaba ver gente, muchos rostros del lugar, y comprobar si se repetía la sensación. En la hora y pico que estuvo de observador tuvo esa dura impresión de estar frente a un rodeo, donde todos miraban de la misma manera que los vacunos miran pasar el tren.
Esto lo desesperó, estaba a punto de descubrir lo que tanto había buscado.
Para corroborarlo corrió hacia la casa de fotografía del pueblo. Esta vez Kenny no lo siguió, ya que prefirió ir a cambiarse para jugar su solitario baloncesto.
En lo del fotógrafo, Emmanuel compró todas las fotos que el hombre tenía pegadas en la vidriera, sin importarle de quien sea, la única condición es que hayan sido tomadas en Sepulvelandia. Esto sorprendió inicialmente al fotógrafo que tenia esas imágenes de distintos actos y acontecimientos colgadas con la leve esperanza de que alguien se reconozca en ellas y decida tener un recuerdo del momento a cambio de unos pocos pesos. Pero el misionero mormón entró de golpe, hizo un lote con las fotos y pidió un precio por todo. Visto que era la única oportunidad que se le presentaba al comerciante de sacarse de encima esos clavos arreglaron un valor especial que conformó a los dos.
Así fue que Emmanuel llegó a su cuarto colmado de imágenes de otros, de caras anónimas que recibían diplomas de parte de maestras, o niños acompañados por sus padres y la bandera nacional. Rostros felices, otros confundidos, tímidos algunos, inmortalizados en un momento que alguien pensó que debía ser único y digno de recordar. Pero el tiempo se encargó de amarillentarlo en la vidriera de un negocio sin que nadie reclamara su pertenencia. Este momento ya no era de nadie, solamente de Emmanuel, que lo disecaba sin pudor, escudriñándolo con lupa, regla y compás para corroborar si lo que suponía era cierto.
Esas miradas, esos ojos que se repetían en una y otra cara debían tener un patrón similar de constitución.
Según unos apuntes de antropometría que había leído alguna vez, la distancia que separa los dos ojos debe tener en promedio el ancho de un ojo. Esto quiere decir que si uno quiere dibujar una cara proporcionada debe dibujar tres ojos pegados siendo el del medio la distancia de separación entre ojo y ojo.
De lo visto y analizado en las fotografías, se repetía en casi un cien por ciento, que la separación de los ojos de los habitantes sepulvedianos era por lo menos un cincuenta por ciento mayor en promedio. Es decir que los ojos de esta gente estaba mas separados que lo normal, y además tenían una leve inclinación hacia abajo.
Igual que los ojos de las vacas.
Y esto no era todo, pensó entonces Emmanuel.
El tener ojos de vaca hace que vean la vida como las vacas. De ahí su comportamiento y su reacción ante las cosas. Mientras el tren o los autos pasen lejos de ellas, no habrá nada que las haga mover de su lugar y serán simples espectadores mientras rumian su bolo de pasto. Huirían espantadas si el peligro se les acerca, con un trotecito vacuno. Serían capaces de soportar los soles más abrasadores conformándose solamente con meter la cabeza bajo la sombra de un insignificante arbolito.
Y un día, con un poco de maltrato mediante, aceptarían subir al camión que las lleve al destino final.
Siempre sin perder su conducta vacuna.
Esto era por fin lo que hacía diferentes a los habitantes de Sepulvelandia descubierto por un gringo inútil que en este momento estaría lanzando una pelota contra un aro sin sospechar nada de esto.
Si bien Emmanuel se sentía exultante con el descubrimiento, entendía que era todavía incompleto.
De alguna forma había llegado a conocer cual era la característica sepulvediana tan especial que los identificaba, pero aún ignoraba la causa que la provocaba.
Habiendo descartado la razón genética, debía abocarse a buscar causas ambientales, alimenticias, culturales o incluso infectocontagiosas.
Esta tarea le llevaría mucho tiempo pensó Emmanuel, y sus padres habían solventado esta pasantía por nueve meses, los cuales llegaban a su fin.
El caso de Kenny era similar, aunque los padres de éste tenían mejor posición económica, habían decidido que la experiencia sudamericana no duraría mas tiempo y continuaría sus estudios en la School of Medicine de Utah.
Fue así que Emmanuel tomó una decisión.
Se quedaría en Sepulvelandia hasta desentrañar este misterio, mas allá de su labor misionera que lo había convocado.
Postergó sus estudios de sociología evaluando que esta investigación le sería de suma importancia para su formación, y visto que sus padres no lo mantendrían más, tuvo que buscar algún trabajo.
De la misma forma necesitaba dinero para mudarse puesto que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no lo albergaría en esta nueva etapa.
Así fue que empezó a trabajar como repositor en un supermercado, mientras vivía en una pieza que alquilaba.
Al fin del día llegaba tan extenuado que era poco lo que podía hacer por su investigación, y como en la pensión había una televisión con cable se dormía mirando cualquier programa que dieran.
Con el tiempo conoció a Johanna Sepúlveda. Y ella quedo rápidamente embarazada de Emmanuel.
Demás sería decir que su vida tomó otro camino.
Trabajó duro hasta establecerse y hacer una posición.
Después de varios años logro poner un kiosco con fotocopiadora, que le permite tener una vida ajustada pero digna.
Johanna se dedica a criar su tercer pequeño hijo en una casita de plan de vivienda.
Emmanuel trabaja de sol a sol, por lo tanto le queda muy poco tiempo para ocuparse de otras cosas, como ser la política, el arte o la investigación que tanto lo desvelaba.
Posteriormente otros investigadores han tomado la línea iniciada por Emmanuel, con variado énfasis y con distintas metodologías, pero  sin embargo aún hoy el misterio de Sepulvelandia está  sin develar.
Emmanuel usa hoy anteojos bien anchos porque los comunes no le abarcan el campo visual.
MAURICIO BARRETO- CENTENARIO- NEUQUÉN