MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA

MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA
Equipo de muralisas Luis Nichela, Silvana Nichela, Mauro Rosa y Mauricio Barreto

28 mar 2010

LA FELICIDAD DE SER POBRE


FOTOGRAFÍA DE Ricardo Cortes Lazaro
Diosdado tenía apellido, claro, pero hace años que no lo usa La última vez que lo vinieron a buscar para las votaciones, fue hace tiempo. Ya no volvieron. Igual, para lo que importa…


Los siete u ocho vecinos en leguas a la redonda lo conocen bien, como doña Simona, la que ayudó a su madre a parir. Ya está vieja doña Simona, y no trabaja, pero se acuerda de él.

Si Diosdado supiera leer sabría que el pasto es verde. Pero como no sabe, para él el pasto es pedrusco y polvo. O sea, gris anaranjado o rojizo. Si las plantas son verdes, para Diosdado el verde es gris como la chuspa, amarronado como la mat’e sebo o plateado como el “manto” en otoño. Si las plantas son verdes, el cartel de vialidad que dice “Somuncura 40 KM” sería una planta.

Pero él es feliz porque ignora todas esas complicaciones. Cuando se encuentra con algún vecino, para el tiempo de recoger las majadas y juntar los chivos, comenta que es feliz porque nunca fue al médico. No lo necesita. Esa artritis que le pone raíces de chuspa en los dedos es nada más que se está poniendo viejo. Ese dolor que no se va a la altura de la cintura, se calma bastante con la faja tejida. Es por las nevadas.

Diosdado se levanta, prepara el fogoncito y la pava para el mate y mira el cielo. Ya es la costumbre, igual que su madre. Pero las nubes siguen siendo secas y planas como tortillas al rescoldo y al mediodía ya ni nubes quedan, sólo viento.

Ya pasó setiembre, terminaron las nevadas y hay que juntar los chivos. Vendrá el mercachifle a cambiarlos por vino, tabaco y la provista.

Antes había muchos perros que habían traído en época de su padre. Pero se multiplicaron y empezaron a comerse los chivos y hasta un caballo del hombre gordo de la camioneta. Entonces el hombre los mató. Con tiros, con veneno, con trampas para zorros. Ahora a él le quedan dos cuzquitos buenos para avisar cualquier alarma. Cuando la cosa es grave, el ladrido es silencioso, les sale por los ojos y los pelos del lomo, como cuando andaba merodeando el pangui. Pero el mercachifle, que a veces se quedaba un tiempo largo, tenía una carabina y mató al pangui. Después nació su hermana menor, y el mercachifle se fue. El que viene ahora es otro y tiene una camioneta toda cerrada, brillante.

Una vez, vinieron de una ciudad y sacaron muchas fotos, algunas de Diosdado, de la meseta, de todo sacaban. Y Diosdado fue feliz porque le envidiaban qué fácil es su vida, y se lo decían. “Usted agarra un huevo fresco y se lo come…todo natural…” decían y Diosdado sonreía en las fotos y le convidaban cigarrillos.

Pero una vez que los perros se descuidaron el chiñe se comió las gallinas y ya no hay huevos. Igual, la anécdota sirve para contarla una y otra vez cuando se juntan vecinos y va cambiando con el tiempo. A veces, cuando le convidan unos tragos y unas empanadas de liebre, la cuenta más heroica, se acuerda cuando peleó con el chiñe, y después el chiñe se transforma en ñanco.

Porque Diosdado maneja bien el palo, es capaz de arrojarlo de lejos, quince o veinte metros, y acertarle a un ñanco o a una liebre. Hincha el pecho y desafía a cualquiera a cazar una liebre con el palo girando en el aire y los perros corriendo y ladrando. Está bueno que a veces los perros, con hambre, despedacen la liebre. Él se los queda mirando, pero es feliz porque sus perros al fin comieron, se lo merecen

26 mar 2010

NOCTÁMBULA

No sé por qué llegué a estos extremos, la vida me fue llevando a ellos.
Lo cierto es que ya no puedo con este dolor. Día a día, noche a noche escucho su respiración en la cueva que yo misma hice y que tanto me costó horadar al pie de este cerrito, rompiéndome las manos y la espalda con estas piedrotas.
Yo misma llevé hasta la boca negra de la entrada ese peñasco para que ella no pueda salir. Ahora con este corazón que me duele y se me llena de agua amarga… ¡desisto!
-¡Ya voy! – le grito- ¡Esperá un poco también!. Todavía tengo algunos minutos ¿sabés?, ¿O qué te pasa? ¿Estás desesperada nooo?
Claro, yo entiendo, la hora del amor se aproxima y ya se regocijan los amantes.
Ellos dos son hermosos, él retoza por el bosque, majestuoso, fuerte, inquieto. A veces se detiene y con los ollares en alto espera a que ella lo alcance. Su mirada briosa se torna dócil cuando la ve venir a los brincos, respondiendo a su bramido que se repite en ecos entre los quiebres de las montañas, donde él ha trepado para lucir su cornamenta magnífica.
Así se disfrutan los renos en el día.
En la noche, cuando el bosque se transforma; en hombre y mujer se tornan ambos.
Se aman entonces libremente, cerca de la cascada de oro, y allí se vuelven uno.
Los he observado tantas veces, deseando ser yo aquella, la dueña del fuego de ese hombre.
Por el contrario, nací bruja, no soy una bella criatura, el amor a mí nunca ha llegado. Y me resigno… ¿quién podría amarme?
-Ya va, niña, ya va – me descuelgo de la rama y libero a mi prisionera.
Estoy sintiendo como las plumas comienzan a cubrir mi cuerpo. La picazón es insoportable y mis labios ya se endurecen para volverse un pico. Antes que mis brazos se vuelvan alas correré la piedra de la entrada y la dejaré ir en busca de su amado.
Intenté dejarla morir encerrándola, pero no puedo. Él la ama demasiado y moriría también, entonces la eterna soledad sería mi condena.
Listo, la he dejado ir, allá va rápida y feliz, transfigurándose en la joven de la piel de luna.
Mientras yo, tan sola como siempre, voy en busca del húmedo follaje desplegando mis alas en la oscuridad.
Sobrevuelo a los amantes que ya están juntos otra vez, les chisto para incomodarlos un poco pero ni cuenta se han dado de mi paso.
Mis ojos redondos y oscuros están tristes, pero eso nadie lo puede ver. Solo el bosque fragante que me acuna.
María Elisa Melosso- Taller de Narrativa biblioteca Popular Pedro Arce
Godoy Cruz, Mendoza

10 mar 2010

LA LEYENDA DE ANA

Habia una vez un bosque. Era la tarde y se escuchaban muchos pájaros que a veces andaban en los árboles, a veces en el pasto y en la laguna. De repente se escuchó un rugido y los pájaros desaparecieron, era un yaguareté.
Una cata se desmayó del susto y se cayó.
El tigre caminó hacia la cata y la olió.
La cata se despertó y apenas abrió los ojos saltó al árbol.
El yaguareté se fue rezongando y las catas arriba del árbol se mataron de risa.
Justo en ese momento un cazador andaba cazando, vio al yaguareté rezongando. El cazador lo escuchó y le apuntó con el arma. El yaguareté vio esto y quedó inmóvil.
La cata vio lo que estaba sucediendo y lanzó un grito tan fuerte que el cazador soltó el arma y se fue.
El tigre agradeció a la cata por haberle salvado la vida.
Y COLORIN COLORADO...

Ana Castello tiene 10 años y concurre al Taller Literario de la Biblioteca Popular Pedro Arce de Godoy Cruz (MENDOZA- ARGENTINA)