MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA

MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA
Equipo de muralisas Luis Nichela, Silvana Nichela, Mauro Rosa y Mauricio Barreto

27 ene 2010

LA LEYENDA DE LA ENSALADA



Desde la huerta pequeña se veía una casa modesta de piedra y madera rodeada por montañas muy altas cubiertas por bosques de verdes diversos. Un perejil solitario mecía sus tallos delicados con el ritmo impuesto por una brisa suave. Se sentía muy molesto porque un apio altanero lo miraba desde sus hojas más altas con un gesto de soberbia, según su interpretación.
Sin embargo, el perejil no advertía que, en realidad, el apio no le prestaba atención ya que estaba celoso de un girasol que se creía radiante como el sol mismo. Mientras tanto, una gota de agua, producto del rocío matinal, se deslizaba sobre una de sus aromáticas hojas y lo invitaba a refrescarse.
—Antes tenía un amigo, un tomate redondo y rojo—se quejó el perejil.
—¿Y qué le ocurrió a tu amigo?—preguntó, intrigada, la gota de agua.
—Ayer se lo llevó el viejito de la casa. Espero que no se sienta solo.
El apio escuchaba la conversación y entonces le dijo al girasol: “Este enano se agrandó; ahora cree que el tomate, que viene de una planta mucho más alta que él,  es su amigo”.  La enorme flor amarilla, dirigiendo su mirada hacia donde el sol nacía, le contestó sin mirarlo: “No me molestes porque estoy dorándome. Además el tomate es mi amigo, porque tenemos la misma altura”.
Un ciprés escuchaba la discusión desde lo alto de la montaña. Su oído delicado era ayudado por el viento que le traía las voces desde la huerta.
—Pero fijate vos—le dijo el ciprés a una lenga que se bamboleaba alardeando por la flexibilidad de su tronco—esos tipos ahí en la huerta creen que uno es mejor que otro.
—Entonces nosotros, aquí en el bosque, tan desde lo alto y con la posibilidad de ver a todo el valle, ¡somos unos genios!—contestó la lenga.
—Mis queridos amigos—chilló  un águila mientras sobrevolaba al ciprés y a la lenga—ustedes viven gracias al viento que transporta las semillas y a mí que los vigilo desde las alturas. ¡No es cuestión de altura! No sean necios.
Los árboles no se animaron a preguntarle al águila que había querido decir pero, por las dudas, les enviaron un mensaje al perejil, al apio y al girasol: “No se peleen porque vamos a tener problemas con este pajarraco”
Luego de la advertencia los tres habitantes de la huerta se pusieron de acuerdo y llamaron al viejito.
—Te prometemos que no nos vamos a pelear más, pero por favor no nos separes del tomate—rogaron los tres al unísono.
Y el viejito los mezcló. Y después se fue volando a la montaña.

© roberto blocki dic.05


4 jun 2008

EL CINCUENTA Y SIETE


Ojalá mis amigos de la infancia no hubieran huido de mí como pájaros desconcertados.Ojalá no estuviera acá con un número en la mano, los ojos fijos en las baldosas ajadas del piso del hospital, con este dolor brutal como de patada de burro que tengo en el pecho y que me vino de golpe y que casi no me deja dormir y ojalá que no sea nada y esa mujer demente, en pijamas, con color y olor a ángel suicidado que por tercera vez me pide fuego o cigarrillos o algo, ojalá no estuviera.Ojalá estuviera mi hijo mayor acá. Ojalá no hubiera mandado todo a la mierda un día y ojalá nunca hubiera empezado a fumar.Ojalá pueda enamorarme otra vez, un día y utilizar mi corazón no para escudriñarlo con aparatos y cables manejados por médicos indiferentes sino que funcionara en la dirección correcta: sístole, diástole, dale, dale.Ojalá no me persiguiera el miedo a quedar seco en una vereda cualquiera, como si yo fuera también cualquiera, como si el dolor de patada de caballo que tengo en el pecho no existiera.Justo a mí que hace años que no me acerco a un caballo o a un burro de verdad, excepto –supongo- cuando compro esos fiambres baratos que compramos como almuerzo, demasiado seguido estimo, con estos amigos nuevos para comer algo rápido, para ir rápido a intentar conseguir un trabajo, es decir encontrar lo que no hay, la puta aguja en el pajar, siempre con buen humor, claro, con actitud, evitando amargarse para que no te agarren, justamente, estos dolores de pecho como patada de caballo, o de burro, que te saben agarrar.Entonces digo que no está bien que yo haya huido de mis amigos de infancia como un pájaro desconcertado o que mi hijo mayor ahora no esté conmigo o que haya sido mojado por el agua de la mala suerte y no pueda enamorarme por más que.Y eso sí, que si el médico no resulta tan indiferente y se me va el dolor de pecho y no quedo seco y puedo volver a enamorarme y no veo más al ángel suicidado que me pide cigarrillos por cuarta vez; prometo releer esto cuidadosamente para recordarme que probablemente yo sea un cualquiera y ahí llega mi turno, el cincuenta y siete y me paro y me voy para allá en silencio, hospital.-

LAS BOTAS DE ÉL
EL CINCUENTA Y SIETE, dos cuentos breves de Daniel Risso Patron
Cinco Saltos- Rio Negro

LAS BOTAS DE ÉL



- No sé Beto, no me acuerdo como los conocí al Sergio y a la Clara, el caso es que estábamos casi todo el tiempo quemando y escabiando.La Clara estaba buena, me gustó de entrada, medio jipona de barrio, torturadita, como era.El Sergio era un cristianote medio boludo. Curtía, sí, pero por algo místico, decía. Siempre prolijito y, por supuesto, no faltaba al laburo. Una oficina de nosequé.Yo corría como artesano, de esos que usan Poxilina, si, pero artesano, Beto, ar-te sa-no!.El caso es que no sé con que excusa me les instalé en la casa. - Por unos días, dije.Yo ya me había apiolado que estos dos andaban para la mierda, aprovechate gaviota.Te confieso, Beto, del Sergio no solo la mina me gustaba: ¡Tenía una par de botas, hermano!!, dios mio, de esas rojas, tejanas, labradas, con punta de acero!!!, de esas, boludo, ¡¡her-mo-sas!!Un día se armo quilombo entre ellos y el tipo se fue a la mierda. Se llevó lo puesto, nomás.Yo, que la iba de “amigo de los dos” ni me moví de la casa. Pasó un tiempo, imaginate, pase a ser el quía de ella, directamente.El Sergio cuando supo no dijo nada, yo pensé: - este me va a querer matar, pero no, nada che. El tipo miraba, nada más. Yo, claro, me fui agrandando. Las botas ahí, quietitas y el gil no las venía a buscar ni nada. De noche, cuando la mina dormía yo me las probaba, ¡en serio! me miraba al espejo, no sabés Beto!!! parecía Pappo, parecía.Como a los dos meses las empecé a usar, asinomá, de una.Me lo crucé al Sergio un par de veces y no decía nada… bueh!, decir no decía, pero miraba… que gil que soy, ¡como no me di cuenta!...
- - No, a la mina no la ví más, hacé un favor Betito, perdoname te rompa las bolas otra vez, pero alcanzame más Poxilina de aquel estante, ahí no me entra la silla de ruedas, viste?... eso sí, pa cortarme las piernas con las botas puestas me inyectó anestesia, ¿no te dije que era reprolijito, el hijodeputa ese?.-

14 nov 2007

Tu ronca maldición maleva

... “Con el pucho de la vida apretao entre los labios...” La estrofa del tango tropezó con un bufido cuando él se trastabilló. “Puta- pensó- una baldosa” y dijo con alegría: ¡Puta, una baldosa! Y con entusiasmo de curda se quedó mirando hacia abajo ese cuadradito de vainillas legítimas trasportado desde alguna ciudad. Se sintió coherente, un poco borracho y tartamudeando un pedazo de tango había pateado una baldosa floja... “Salpico si alguien me pone el pie” completó mentalmente y miró desafiando a la soledad de la calle. Las otras veredas brillaban desencarnadas, páramos de modernísimos cuadrados cerámicos. El poste de alumbrado ya amenazaba perder el equilibrio y la perspectiva comenzó a ondular, momento adecuado para volver a caminar, así podría acompañar este paisaje movedizo como había leído que hacen los marineros. Una vez que arrancó olvidó porqué se detuvo y olvidó las historias de marineros. Tenía que ocuparse de su pena, tenía que acunarla con el vaivén del vino y de la calle hasta que creciera y se hiciera grande, inmensa, para que saliera de él y pudiera pelearla de igual a igual. Porque ahora la tenía en el estómago y todo lo que lograba era sentirse un imbécil. Ni siquiera autocompasión, porque le dan rabia los imbéciles. Arrancó de nuevo “...Rara, como encendida –masculló una parte olvidada- Esta noche vida mía, el alcohol nos ha embriagado – bufó vapor de vino y se rió de la coincidencia- Qué me importa que nos miren, y nos digan los mareados” Trató de pararse y sacar pecho para provocar a quien fuese, pero cada vez que alzaba la vista la calle quería sacudírselo del lomo. En la esquina el único auto que andaba a esas horas justo coincidió con él, y casi lo aplasta. Le gritó “¡Hooooyyyy, vas a entrar en mi pasaaaaado, en el pasaaado de mi viiida!” y cuando alzaba el pie para subir a la otra vereda se perdió dentro de su cabeza buscando los autores del tango. Al rato le dijo a nadie: “Cobián y Cadícamo – y festejó - ¡Cobián y Cadícamo!”
Llegó a la placita tarareando remiendos. Los muchachos que compartían cerveza y bolsas de pegamento esperaban a la sombra de los árboles, pero no había peligro, los conocía de la Junta Vecinal, eran los mismos que se juntaban para cobrar los subsidios del gobierno y cuando había que apretar a los de la oposición. Recordó que esto también es Argentina, pensó en Barceló y Ruggerito y cacareó: “¡Viva don Alfredo!” respondido por una risotada general.
“Mírenlo al viejo huevón- salpicó alguno- parece un tango” Y él sintió que le daban una medalla. Otro quiso ser ingenioso: “El lamento del cornudo”. ¡Ah! Eso no, eso es pegar en la matadura. Ya nadie usa fariñera bien afilada en la cintura, pero él manoteó hacia atrás como si, y quedó allí, desnudo, tambaleándose en la sorpresa. Al pie de los fresnos hay alguna tumbera y dos o tres púas, por si aparece la cana. Igual se las arregló, fue hasta la luz que alumbraba un cartel de “Prohibida la venta y consumo de bebidas alcohólicas” y compró cigarrillos y una cerveza, volvió hasta la rueda y se las arregló bastante bien con la botella, el cráneo de la Juventud del Partido se rompe como el de la gente.
En la guardia del hospital el policía, casi adolescente, lo miraba con conmiseración. El médico le dijo: “La sacó barata viejo, le podrían haber pegado un tiro. Menos mal que le hicieron un par de tajos, que si no, de la cárcel no lo sacaba nadie”. La rabia volvió a llenarle la boca y se pensó diciéndole al cana. “Y vos a quién le tenés lástima, hijo de puta” pero por suerte nadie oyó nada a causa del vómito.

7 nov 2007

UN BUEN BOCADO



Enfrentados cada uno a un lado de la mesa bien puesta, conversan intercambiando mohines, sonrisas y miradas sugerentes. Alguna risa apagada, un chiste tonto. Brindan, se convidan bocaditos directamente en los labios. Él trata de mordisquearle la punta de los dedos. A los postres, estira el brazo y sus manos se encuentran, se acarician, los ojos chispean con reflejos de vino tinto.
Ya en la habitación siguen sonidos apagados, chasquido de besos, murmullos, susurros, suspiros, jadeos, gemidos...
Al volver de la ducha, él la mira dormir desnuda y siente deseos de comérsela.
La noche siguiente fué casi una copia mejorada, al estirar la mano sobre el mantel y tomar la mano de ella, él la mira intensamente.
Me la comería – piensa
A las pocas semanas, repitiendo el ritual de sobremesa de susurros, sonrisas y mimos, ella mira el reloj. A él se le congela la mirada. Ella se alza de hombros
Tengo que hablar con mi mamá – dice
Llega a la cama cuando él se cansó de mirar la película vieja en TV, y esperanzado estira los brazos para recibirla pensando que esta noche también está tan linda que dan ganas de comérsela.
Siguen otra vez lunes, martes, miércoles, jueves...ella ha recibido algún amigo, él ha cenado solo, él ha llegado de trabajar y ella ya ha cenado, él ha tratado de abrazarla con pasión y ella necesita su espacio, claro, tiene razón; él ha despertado cariñoso y ella está fatal porque al despertar siempre tiene mal humor, se mira al espejo y se ve fea.
El domingo él mira TV porque a ella la inhibe el sol que entra por la ventana, sólo ha dormido un ratito y se ha levantado a hacer gimnasia.
Cuando vuelve al dormitorio a buscar la toalla para bañarse él preferiría que no lo haga. El olor de su transpiración lo excita, le recuerda las sesiones gimnásticas de erotismo no hace tanto, unos días o unos meses atrás. La encuentra más apetitosa que nunca y se lo dice
Vení que te como – Le dice, y ella huye hacia el baño a toda risa.
Él se desnuda y se mete bajo la ducha junto con ella, pero ella “no está preparada”.
El domingo siguiente regresan de un breve paseo, ella vuelve a salir con una excusa, vaya a saber, porque no la escuchó bien.
Cuando vuelve él le dice “es nochebuena”, y la mira como siempre, con el mismo deseo, pero ella le contesta que cocine lo que quiera, que no tiene mucha hambre.
La ha dejado así, desnuda sobre la cama, sábanas de seda a estrenar en Navidad. Completando el efecto la cubre con hierbas aromáticas. Meticulosamente pone la mesa, con algunos detalles adecuados, velas y hojas de muérdago. En la cocina frota con la chaira el gran cuchillo que relumbra y resuena como la risa de una bruja celta, abstraído, la mirada fija en el vacío. Va hacia el dormitorio renovando el deseo postergado una y cien noches.
Ese día se la comió.


Paginagris - ILUSTRACION MARIA JULIA EGEA

Técnica Pastel

31 oct 2007

LA COPA DE PLATA


El tipo era, en pocas palabras, una porquería. Un individuo incapaz de integrarse a la sociedad ni de considerar que en ella vivía alguien mas que él. Todo lo que significase un esfuerzo de buena relación lo veía cínico o hipócrita. Pero lo peor era que éste crápula se consideraba a sí mismo como un hombre bueno. Una desfachatez que usaba nada mas que para justificar su miserable condición. Justamente por eso tenía la certeza de haber hecho feliz a un pobre diablo.
Pero vayamos por partes. Voy a tratar de no adelantarme a juzgar los acontecimientos sino a hacer el esfuerzo de relatarlos de la manera mas imparcial que consiga.
En la madrugada de la Navidad de 1956 los primeros rayos de luz se filtraban en la casa donde en medio de la suciedad y la pobreza, lo único que resaltaba era la pesada copa de plata. Esta y el enorme botellón de vino de guarda que le habían regalado a su padre eran las únicas piezas de las heredadas que sobrevivieron al naufragio de la vida del tipo. Todos los otros recuerdos materiales de la familia habían ido a parar al banco de Empeños o al cambalache. Esa copa, sin embargo, lo perseguía a través de los años y daba la impresión de que nunca se iba a poder desprender de ella.
Todo había empezado unas horas antes, más precisamente durante la tarde de la Nochebuena. Como si fuera un día cualquiera estaba vagabundeando por una de las tantas mugrientas calles del Doque cuando el sonido de un acordeón acompañado de risas y festejos lo despabiló a cachetazos para recordarle de que fecha se trataba.
Se acordó inmediatamente de cuando era chico. Sobre el aparador del comedor armaba con papel crepé y algodón montañas nevadas, mas allá un espejo rodeado de piedras simulaba un lago, en la otra punta unos edificios de cajitas hacían las veces de la ciudad. En el medio, alejado de todo, el pesebre. Un portal con María, José y un desproporcionado niño Dios rodeado de muñequitos de vacas, burros, caballos y a veces hasta algún elefante.
Se sintió un boludo. A tal punto que decidió tener su propia Nochebuena, para, de alguna manera, poder reivindicar su historia.
Armó en esa pocilga que el denominaba casa, una mesa de festejo. Y acomodó en el centro la copa, quizás la única pieza de valor que se encontraba en el ambiente.
Se dio cuenta que por mas decorado que intentara preparar, la fiesta estaba inconclusa. Faltaba alguien. Un festejo unipersonal no era nada, o mas bien, era el signo más perfecto de la derrota, del fracaso. Necesitaba compañía.
Pensó en una mujer, pero lo desechó inmediatamente. Había una sola mujer que el podría tolerar cerca, y no era posible a esta altura convocarla mas que en recuerdos.
Se acordó entonces del viejo gringo.
Un checoslovaco que solía encontrar en esos boliches inmundos del puerto que frecuentaba cuando el alcohol lo aturdía hasta la degradación.
Ese viejo siempre estaba cuando los ojos empezaban a ver nublado y la cabeza giraba sobre su eje. Fumaba en pipa y lo miraba como estudiándolo, pero sin atreverse ni uno ni otro a intercambiar palabra. De alguna manera ambos comprendían que eran dos versiones de lo mismo. Uno mas vital, bien argentino y dueño del lugar, el otro lejano, extranjero y apocado, unidos por dos cosas en común: la soledad y el fracaso.
Ese era el tipo que necesitaba
Lo fue a buscar a los boliches del bajo y lo encontró.
En un tugurio lleno de humo, marineros roñosos, y minas berretas lo descubrió en un rincón fumando su pipa.
Entró abriéndose paso entre la multitud de cuerpos hasta llegar al lado de su mesa, lo tomó del brazo
-Te venís conmigo- le dijo
El viejo se sorprendió y trato de pedir explicaciones. El tipo no las dio y el checoslovaco al verse primereado por un individuo de saco y mas o menos bien peinado se dejó llevar. Nadie les dio bola.

Sentados frente a frente en una mesa navideña parecían dos amigos, Bebían copiosamente y ya estaban ambos lo suficientemente borrachos como para entrar en confesiones.
El viejo se llamaba Franta y en un diálogo absurdo e incomprensible, llegó a nombrar a una mujer de ojos transparentes, un muchacho ya seguramente hombre, con sus mismos ojos y la entereza que a él le faltó.
Todo había quedado atrás, en un trozo de su historia, de su vida, sobre todo de su pasado.
-¿Y que onda de recuperar aunque sea una parte de todo esto, Franta?- preguntó el tipo.
-¿Recuperar que?- se enojó el checoslovaco- Cuando yo me fui de mi aldea era una persona. Pobre, pero una persona. Hoy soy un desperdicio, no puedo volver a presentarme como si nada- Hizo una pausa para refregarse los ojos – Vine a América con la promesa de juntar la plata para traerlos, pero me la jugué, me la jugué toda y no pude cumplir la promesa en su momento. Hoy ella está muerta. Se murió esperando que la traiga ¿me entiende? ¡Que mierda voy a recuperar ahora!- Se cubrió la cara con las manos.
-Ella se murió, yo no cumplí, los dejé solos, y ni siquiera puedo pegarme un tiro-
El pobre Franta, en su miseria debía pensar que el tipo era una especie de millonario. Sabía hablar con palabras importantes, se afeitaba y por sobre todo lo que mas le llamó la atención, tenía una enorme copa de plata en su mesa. Por un momento se le debe de haber cruzado por su endeble imaginación que podría robarle, incluso matándolo, ya que el alcohol y el resentimiento lograban que fácilmente lo odiara.
El tipo debió de avivarse de los sentimientos del viejo porque enseguida tomó la iniciativa de la conversación y empezó a inventar una patética historia de un cáncer.
-Ya no pertenezco a los hombres.- decía el tipo – Solo soy un muerto de vacaciones. No tengo nada que esperar mas que la transformación de mi cuerpo hoy todavía erguido, en un tieso cadáver-
Miró al viejo a los ojos aunque a este le costaba mantenerlos abiertos debido a la borrachera.
Los sorprendió de golpe un fuerte bullicio en las calles. Se escuchaban explosiones, risas y gritos. También alguien cantaba. Había nacido el Niño Dios.
-La vida es de ustedes, de los que pueden esperar algo- le dijo al viejo – y te prometo que toda mi fortuna va a servir solamente para darte una razón de vida. Para devolverte la esperanza-
Al viejo se le escaparon unas lágrimas e intentó tomarle las manos
-Gracias- le dijo – No te olvidaré mientras viva-
El tipo fue hacia el viejo bargueño y trajo el botellón de vino añejo. Era un misterioso licor. Quien se lo había regalado a su padre le había dicho que era una artesanía de una pequeña aldea europea. Le decían el Vino de la Verdad porque según la leyenda que le había contado el padre, quien lo bebe se ve tal cual es, sin máscaras ni representaciones. El estado mas puro del ser.
Llenó la enorme copa de plata con el vino y se la entregó al viejo.
-Brindemos, por ese Dios en el que no crees y que maldijiste cientos de veces. Brindemos por una nueva posibilidad-
El viejo tomó la copa con las dos manos temblorosas y tomó un generoso trago del rojo líquido. Lo sintió fuerte, profundo y penetrante. Respiró un bocanada de aire y se animó a otro sorbo.
Inmediatamente tuvo que dejar la copa en la mesa ya que sintió un sacudón interior. El tipo miraba en silencio como el viejo iba transformándose. Sus arrugas parecían profundizarse y su cuerpo cambiando de forma. Lentamente el vino estaba haciendo su trabajo, y tal como decía la leyenda, iba apareciendo ante él otro Franta. El viejo se retorcía en silencio y poco a poco se iba achicando, sus facciones habían desaparecido, así como sus brazos se iban acortando. De pronto se perdió entre sus propias ropas.
El tipo no reaccionó inmediatamente impresionado por lo que estaba presenciando. Al rato se paró y revolvió los miserables trapos que hacían la vestimenta del pordiosero. Y allí lo encontró. Un enorme gusano se retorcía sobre la silla. Ahora el nuevo Franta se veía tal cual era, simplemente un gusano.
Al principio el tipo sintió una especie de asco pero pronto comprendió que eso era exactamente lo que él le había prometido. Ese gusano algún día se transformaría quizás en mariposa, o polilla, en definitiva le crecerían alas. Ese nuevo Franta entonces tenía una esperanza.
Se sintió regocijado y comprendió que había realizado un acto de amor y decidió hacerlo completo.
Tomó entonces al Franta gusano entre sus dedos y lo arrojó dentro de la copa de vino. Pensó que debía inmortalizar la esperanza del viejo que era su mayor anhelo.
Alzó la copa como si estuviera dando misa y se bebió el contenido de un trago. Incluyendo a Franta.
Su cuerpo empezó al rato a sufrir cambios y también se fue achicando.
A los días, cuando llegaron los inspectores, estaba adormecido adentro de la copa. Mientras revisaban todo el cuarto, el cabo primero lo encontró. Prontamente sacó su machete y con un certero golpe le aplastó el cráneo
-Ratas de mierda- dijo el policía.

Mauricio Barreto

Ejercicio de taller: Reescritura del cuento “El Candelabro de Plata” de Abelardo Castillo

29 oct 2007

GATO EXTRAÑO


El gato estaba en vidriera. No crean que era una veterinaria. Era la más grande de las librerías de la ciudad
Funcionaba a full todo el día. Tenía libros de todas las materias escolares, de todos los grados. Además estaban los secundarios vendiéndose a todo vapor y para los más grandes, las especialidades de la universidad hacían base en el negocio.
Cuando los niños pegaban sus naricitas al vidrio, el gato inmóvil como siempre solo abría unos ojos amarillos, los cerraba y seguía descansando.
Creció durante años y su largo pelo dorado a rayas tipo angora siempre estaba pegado como pincel gigantesco al vidrio del frente Sólo algunas veces y por necesidades obligadas dejaba ese centro donde era admirado y salía a la calle junto al librero para resolver sus miserias.
En esos momentos aprovechábamos para leer el lecho en el cual depositaba el gato sus kilos y llamativamente eran todos cuentos de animales salvajes, especialmente felinos de grandes ojos rasgados.
Tanto nos intrigó esa costumbre de vivir en la vidriera, que una tarde nos arrimamos al dueño y le preguntamos el motivo tan especial de ese personaje
La respuesta fue extraña.
- Este felino es recuerdo de un viaje por la selva misionera. Cuando con un grupo de cazadores estábamos en marcha esperando ver algún animal salvaje, encontramos este pequeño que tendría solo dos días, tirado debajo de un árbol coposo que tapaba una madriguera. La cueva estaba vacía pero el lugareño que nos acompañó nos dijo: “Esto pertenece a un gato montés, que ha tenido crías, pero este salió raro, anormal y por lo tanto lo ha tirado fuera de la casa y no lo reconocerá.” Como una cualidad de nuestras vidas era ayudar y acostumbrábamos a acercarnos a lo diferente, decidimos traer ese pequeño retoño a nuestro hogar. Desde que entramos esa tarde al negocio, hace años de esto, él eligió la vidriera y por supuesto el lugar en el cual se exponían cuentos y fábulas de animales selváticos negándose de por vida a abandonar ese rincón.
Cuando el dueño murió el negocio cambió de patrones y él desapareció de la vidriera. Entonces fuimos investigando entre los amigos si alguien lo había llevado a su hogar. Durante quince días recorrimos la ciudad mientras el negocio estaba totalmente cerrado.
La mayoría de los habitantes de la localidad conocían al inquilino de la vidriera pero no pudieron responder nuestras preguntas. Clientes, amigos, familiares, nadie estaba al tanto lo que pasó con el gato
Finalmente una tarde, comentando con el portero la desaparición del gato, decidimos pedir las llaves del edificio y entramos angustiosos.
Un feo olor nos inundó de pronto
Al llegar a la vidriera encontramos un grupo de ratas gigantescas que habían comido al gato. Lo que mas nos llamó la atención fue que la piel había desaparecido, no estaba entre sus restos.
Dicen algunos conocidos que, en el nicho donde reposa el cuerpo del señor de la librería, hay una piel enroscada.

Nelly Capurro