MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA

MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA
Equipo de muralisas Luis Nichela, Silvana Nichela, Mauro Rosa y Mauricio Barreto

28 abr 2011

Izquierdoderecho


Mi lado derecho
Es frío, duro, organizado.
Gobierna mi vida y mis actos
De una manera precisa y ordenada.
Cruza las calles por las esquinas,
Firma papeles rimbombantes,
Anota resultados en planillas,
Plancha, cose lava y pinta.

Mi lado izquierdo,
En cambio,
Hace lo que se le da la gana:
Dibuja soles imposibles,
Patea la pelota para cualquier lado,
Suelta las riendas
En el momento de mayor esfuerzo
Y tropieza a cada instante contra nada.

¡Qué contraste, Señor, este cuerpo!
Cálido – frío,
Blanco – negro,
Oscuro – claro.
Pero auque parezca imposible
Logra por instantes un acuerdo
Y consigue llevarme a todos lados.

Hilde Karinna Ghiselli

20 abr 2011

NANA DEL BASURAL





































Duerme mi niño oscuro
De patitas flacas,
Mocos colgando
Y manos paspadas.



Mi niño tierno
De golpeada espalda,
Sonrisa torva
Y ojos sin esperanza.






Juega, mi niño, juega
Que el basural te traga
Entre las moscas
Y los gusanos
Encuentra, mi pequeñito
Un trozo de infancia.

Canta, mi sueño, canta
Esa canción de desesperanza.
Porque mientras
Los grandes roban
Duerme mi ángel
Con dolor de panza.

Hilde Karinna Ghiselli

20 mar 2011

Casillas



Una musa disfrazada de paloma quiso entrar en mis pensamientos pero chocó con la ventana recién limpita. Murió en un suspiro –poema.
Yo sabía que no debía poner orden en los armarios, porque en “mente cerrada no entran musas”
  • Hilde Karinna Ghiselli

31 ene 2011

FUGAZ

 

                 ¡OH! RELOJERO ;
                        ARTESANO
                  MAESTRO DE LAS
                      AGUJAS Y EL
                          PENDULO,

                   ¡QUE PRIVILEGIO!

                         HACER LATIR
                          EL CORAZON
                          DEL TIEMPO!!

                                   MIRTA STAGNARO
                                           18/01/2011

29 ene 2011

EL SALTO


 
Una masa oscura surge repentinamente atravesando la bruma. Se acerca rápidamente creando remolinos en la niebla sempiterna. Pasa muy cerca de la costa y, pocos minutos después, vuelve a ser engullida por el manto gris.
Las miradas se encuentran fugazmente. No hay tiempo para palabras o gestos; solo ojos que se miran a través del espacio que los separa.
Todo pasa velozmente. El silencio vuelve a apoderarse de la masa rocosa


-                     ¿Dónde estabas?
-                     En el acantilado
-                     ¡Otra vez! ¿No hablamos ya respecto al peligro?
-                     ¡Si, mamá! No te preocupes, tengo cuidado
-                     No sé que le ves. ¡Todos las semanas lo mismo! El paso de La Isla ya no le llama la atención a nadie, ecepto a vos.
-                     Contame de nuevo como fue. ¡Debió ser tan emocionante!
-                     Antes la tierra estaba fija. Los continentes o las islas no se movían. Pero los científicos comenzaron a experimentar con bombas debajo de la superficie y produjeron alteraciones irreversibles en el manto. Como resultado la tierra se fragmentó en millones de islotes flotantes. La composición del agua cambió impidiendo que se hundiesen, pero imposibilitando la navegación y convirtiéndolas en trampas mortales. Los movimientos insulares producidos por los movimientos magmáticos se volvieron regulares, pero la marea provocada por las corrientes electromagnéticas impidieron la navegación aérea y las telecomunicaciones. Así, cada isla quedó aislada de las demás y los sobrevivientes tuvimos que resignarnos y empezar de cero.
-                     Me fascina escucharte. ¿no se pudo establecer ningún tipo de comunicación con las demás islas?
-                     Muy raramente, mediante señales luminosas en código Morse. Pero no mucho… Bueno. Cambiemos de tema que este me pone mal.
-                     Yo te ayudo con tu trabajo, Ma. Pero no te pongas mal


Los ojos negros buscan a los verdes en la penumbra; ébano y esmeralda congelados en el minuto del paso. Casi tocándose, pero a eónes de distancia.
Un temblor sacude el aire; más profundo que el mar, más intenso que el oleaje que azota las costa.
La bruma vuelve a cubrirlo todo.


-                     Ma…
-                     ¿Si, hija?
-                     ¿qué distancia hay entre nuestra isla y la de enfrente?
-                     No sé. En el momento en que más se acercan deben ser unos ocho o diez metros. ¿Por qué lo preguntás?
-                     Nada. Solo pensaba.
-                     Estas muy rara vos.
-                     No te preocupes. Estoy bien.
-                     Esperemos que así sea.
La Isla de Enfrente presenta fiordos verticales que terminan en agudas rocas dentadas. Aquí y allá asoman algunas repisas aisladas entre los desfiladeros.
Los ojos siguen allí: firmes, anhelantes, inmóviles. Pasan en un segundo dejando un vacío de niebla tras de si.


El corazón le late frenéticamente mientras se aferra a la roca. La masa rocosa  surge de entre la bruma y se acerca rápidamente.
Ya no hay vuelta atrás. El miedo compite con el amor mientras su cuerpo tiembla espasmódicamente. A lo lejos oye el llamado desesperado de su madre. “Encontró la carta”, piensa, alejando solo un momento su atención del objetivo: un segundo antes o después serán fatales, tiene cinco metros para la carrera y un metro y medio para aterrizar.
El fragor se vuelve alucinante.
Toma aire…
¡Salta!.
Siente su cuerpo ingrávido por un segundo. Un instante después lucha tenazmente por aferrarse a la roca. “No lo lograré”, piensa antes de sentir unas manos aferrándola. Sigue la extensión de los brazos para descubrir esmeraldas que la miran llenas de admiración.
Se abrazan fuertemente y se funden en un beso largamente ansiado.
Ella mira hacia atrás, hacia su isla, pero la bruma ya lo ha cubierto todo.

KARINNA GHISELLI

25 abr 2010

VIOLETA

Un profundo y encantador aroma a Violetas, así era ella, o eso creo recordar. Su piel suave, sus manos tibias acariciando mis mejillas. Una flor todos los días, a cambio de su sonrisa; luz.
Pero algo ocurrió con la llegada del otoño. Algo fue sucediendo, algo que no pude prever, algo que me fue tomando de a poco, y hoy… ya no recuerdo más que tus ausencias.
En las noches estiraba mi brazo deslizándolo por las sábanas, pero a partir de marzo, empezaron a ser cada vez menos las veces que mi mano encontraba tus dedos. Ahí sentí por primera vez tu ausencia. Al lado tuyo, en la misma cama.
Y sucedió que un día, ya en abril, desperté en la mañana, y vos habías salido a trabajar temprano. Y como ese día hubo otros. Me levantaba y encontraba un jugo de naranja y tostadas frías en la mesa de la cocina.
En la noche empezaste también a llegar tarde, y traías comida preparada; casi no comías. Yo te miraba callado; aún tu sonrisa. Era todo lo que necesitaba. Te miraba a los ojos y no podía evitar pensar en el único poema de Neruda que conocía… me gusta cuando callas… Tu sonrisa, mi luz. Y en el cuarto, tu perfume a violetas, invisible pero revelador: vos a mi lado.
Con la llegada del invierno los días se fueron acortando, y a veces despertaba al amanecer y ya no estabas, y en la cocina solo encontraba una nota, sin jugo y sin tostadas: un beso, llegarías tarde. El papel guardaba, todavía esos días, un aroma a violetas; sutil, impalpable. Al llegar, tarde en la noche, tu sonrisa me tranquilizaba. Aún me amabas.
Hasta que un día de julio me quedé despierto hasta tarde, esperando que llegaras, pero el sueño me ganó y tuve que irme a dormir solo. Tu ausencia, implacable. Solo el chillido agudo y disimulado, y un aroma a violeta casi imperceptible, me revelaron que habías entrado en el cuarto. Pero al despertar ya no estabas.
En agosto ya solo te sentabas a cenar algunas pocas veces, y ya no me hablabas. Al levantar la mesa tu plato seguía casi lleno. La cama empezó a quedarme ancha, como si de pronto me hubiese hecho pequeño, diminuto. Y por los rincones del cuarto buscaba desesperado algún resquicio de ese aroma dulce, pero apenas creía sentir algo que enseguida se esfumaba. Aroma a nada. Ausencia.
Finalmente una noche no volviste. Desperté al alba sin que hubieras regresado. Pero sentí algo, no era un aroma, era olor. Olor a algo en descomposición. Seguí los rastros y llegué a la cocina, y sobre la mesada, descubrí horrorizado un florero con agua podrida, y en el suelo cientos de flores marchitas que junté llorando. Conté veinte docenas. Doscientos cuarenta días habían pasado desde que habíamos vuelto de nuestra luna de miel, en febrero.

A veces cocino para los dos, y busco en el aire, en alguna parte, tu sonrisa, que no está. Y con el tiempo que ha pasado, no se si la cara que recuerdo es la tuya o si es una cara que vi en otro lado, en una revista, o en la tele… cierro los ojos y aspiro hacia adentro. Pero olvidé cómo sabía el aroma a violetas. Y la casa está repleta de un vacío enorme, de lo único que recuerdo de vos; tu ausencia.

Santiago Clèmentt- Taller literario biblioteca Chacras de Coria, Mendoza

28 mar 2010

LA FELICIDAD DE SER POBRE


FOTOGRAFÍA DE Ricardo Cortes Lazaro
Diosdado tenía apellido, claro, pero hace años que no lo usa La última vez que lo vinieron a buscar para las votaciones, fue hace tiempo. Ya no volvieron. Igual, para lo que importa…


Los siete u ocho vecinos en leguas a la redonda lo conocen bien, como doña Simona, la que ayudó a su madre a parir. Ya está vieja doña Simona, y no trabaja, pero se acuerda de él.

Si Diosdado supiera leer sabría que el pasto es verde. Pero como no sabe, para él el pasto es pedrusco y polvo. O sea, gris anaranjado o rojizo. Si las plantas son verdes, para Diosdado el verde es gris como la chuspa, amarronado como la mat’e sebo o plateado como el “manto” en otoño. Si las plantas son verdes, el cartel de vialidad que dice “Somuncura 40 KM” sería una planta.

Pero él es feliz porque ignora todas esas complicaciones. Cuando se encuentra con algún vecino, para el tiempo de recoger las majadas y juntar los chivos, comenta que es feliz porque nunca fue al médico. No lo necesita. Esa artritis que le pone raíces de chuspa en los dedos es nada más que se está poniendo viejo. Ese dolor que no se va a la altura de la cintura, se calma bastante con la faja tejida. Es por las nevadas.

Diosdado se levanta, prepara el fogoncito y la pava para el mate y mira el cielo. Ya es la costumbre, igual que su madre. Pero las nubes siguen siendo secas y planas como tortillas al rescoldo y al mediodía ya ni nubes quedan, sólo viento.

Ya pasó setiembre, terminaron las nevadas y hay que juntar los chivos. Vendrá el mercachifle a cambiarlos por vino, tabaco y la provista.

Antes había muchos perros que habían traído en época de su padre. Pero se multiplicaron y empezaron a comerse los chivos y hasta un caballo del hombre gordo de la camioneta. Entonces el hombre los mató. Con tiros, con veneno, con trampas para zorros. Ahora a él le quedan dos cuzquitos buenos para avisar cualquier alarma. Cuando la cosa es grave, el ladrido es silencioso, les sale por los ojos y los pelos del lomo, como cuando andaba merodeando el pangui. Pero el mercachifle, que a veces se quedaba un tiempo largo, tenía una carabina y mató al pangui. Después nació su hermana menor, y el mercachifle se fue. El que viene ahora es otro y tiene una camioneta toda cerrada, brillante.

Una vez, vinieron de una ciudad y sacaron muchas fotos, algunas de Diosdado, de la meseta, de todo sacaban. Y Diosdado fue feliz porque le envidiaban qué fácil es su vida, y se lo decían. “Usted agarra un huevo fresco y se lo come…todo natural…” decían y Diosdado sonreía en las fotos y le convidaban cigarrillos.

Pero una vez que los perros se descuidaron el chiñe se comió las gallinas y ya no hay huevos. Igual, la anécdota sirve para contarla una y otra vez cuando se juntan vecinos y va cambiando con el tiempo. A veces, cuando le convidan unos tragos y unas empanadas de liebre, la cuenta más heroica, se acuerda cuando peleó con el chiñe, y después el chiñe se transforma en ñanco.

Porque Diosdado maneja bien el palo, es capaz de arrojarlo de lejos, quince o veinte metros, y acertarle a un ñanco o a una liebre. Hincha el pecho y desafía a cualquiera a cazar una liebre con el palo girando en el aire y los perros corriendo y ladrando. Está bueno que a veces los perros, con hambre, despedacen la liebre. Él se los queda mirando, pero es feliz porque sus perros al fin comieron, se lo merecen