MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA

MURAL EN CENTENARIO-NEUQUEN ARGENTINA
Equipo de muralisas Luis Nichela, Silvana Nichela, Mauro Rosa y Mauricio Barreto

14 nov 2007

Tu ronca maldición maleva

... “Con el pucho de la vida apretao entre los labios...” La estrofa del tango tropezó con un bufido cuando él se trastabilló. “Puta- pensó- una baldosa” y dijo con alegría: ¡Puta, una baldosa! Y con entusiasmo de curda se quedó mirando hacia abajo ese cuadradito de vainillas legítimas trasportado desde alguna ciudad. Se sintió coherente, un poco borracho y tartamudeando un pedazo de tango había pateado una baldosa floja... “Salpico si alguien me pone el pie” completó mentalmente y miró desafiando a la soledad de la calle. Las otras veredas brillaban desencarnadas, páramos de modernísimos cuadrados cerámicos. El poste de alumbrado ya amenazaba perder el equilibrio y la perspectiva comenzó a ondular, momento adecuado para volver a caminar, así podría acompañar este paisaje movedizo como había leído que hacen los marineros. Una vez que arrancó olvidó porqué se detuvo y olvidó las historias de marineros. Tenía que ocuparse de su pena, tenía que acunarla con el vaivén del vino y de la calle hasta que creciera y se hiciera grande, inmensa, para que saliera de él y pudiera pelearla de igual a igual. Porque ahora la tenía en el estómago y todo lo que lograba era sentirse un imbécil. Ni siquiera autocompasión, porque le dan rabia los imbéciles. Arrancó de nuevo “...Rara, como encendida –masculló una parte olvidada- Esta noche vida mía, el alcohol nos ha embriagado – bufó vapor de vino y se rió de la coincidencia- Qué me importa que nos miren, y nos digan los mareados” Trató de pararse y sacar pecho para provocar a quien fuese, pero cada vez que alzaba la vista la calle quería sacudírselo del lomo. En la esquina el único auto que andaba a esas horas justo coincidió con él, y casi lo aplasta. Le gritó “¡Hooooyyyy, vas a entrar en mi pasaaaaado, en el pasaaado de mi viiida!” y cuando alzaba el pie para subir a la otra vereda se perdió dentro de su cabeza buscando los autores del tango. Al rato le dijo a nadie: “Cobián y Cadícamo – y festejó - ¡Cobián y Cadícamo!”
Llegó a la placita tarareando remiendos. Los muchachos que compartían cerveza y bolsas de pegamento esperaban a la sombra de los árboles, pero no había peligro, los conocía de la Junta Vecinal, eran los mismos que se juntaban para cobrar los subsidios del gobierno y cuando había que apretar a los de la oposición. Recordó que esto también es Argentina, pensó en Barceló y Ruggerito y cacareó: “¡Viva don Alfredo!” respondido por una risotada general.
“Mírenlo al viejo huevón- salpicó alguno- parece un tango” Y él sintió que le daban una medalla. Otro quiso ser ingenioso: “El lamento del cornudo”. ¡Ah! Eso no, eso es pegar en la matadura. Ya nadie usa fariñera bien afilada en la cintura, pero él manoteó hacia atrás como si, y quedó allí, desnudo, tambaleándose en la sorpresa. Al pie de los fresnos hay alguna tumbera y dos o tres púas, por si aparece la cana. Igual se las arregló, fue hasta la luz que alumbraba un cartel de “Prohibida la venta y consumo de bebidas alcohólicas” y compró cigarrillos y una cerveza, volvió hasta la rueda y se las arregló bastante bien con la botella, el cráneo de la Juventud del Partido se rompe como el de la gente.
En la guardia del hospital el policía, casi adolescente, lo miraba con conmiseración. El médico le dijo: “La sacó barata viejo, le podrían haber pegado un tiro. Menos mal que le hicieron un par de tajos, que si no, de la cárcel no lo sacaba nadie”. La rabia volvió a llenarle la boca y se pensó diciéndole al cana. “Y vos a quién le tenés lástima, hijo de puta” pero por suerte nadie oyó nada a causa del vómito.

7 nov 2007

UN BUEN BOCADO



Enfrentados cada uno a un lado de la mesa bien puesta, conversan intercambiando mohines, sonrisas y miradas sugerentes. Alguna risa apagada, un chiste tonto. Brindan, se convidan bocaditos directamente en los labios. Él trata de mordisquearle la punta de los dedos. A los postres, estira el brazo y sus manos se encuentran, se acarician, los ojos chispean con reflejos de vino tinto.
Ya en la habitación siguen sonidos apagados, chasquido de besos, murmullos, susurros, suspiros, jadeos, gemidos...
Al volver de la ducha, él la mira dormir desnuda y siente deseos de comérsela.
La noche siguiente fué casi una copia mejorada, al estirar la mano sobre el mantel y tomar la mano de ella, él la mira intensamente.
Me la comería – piensa
A las pocas semanas, repitiendo el ritual de sobremesa de susurros, sonrisas y mimos, ella mira el reloj. A él se le congela la mirada. Ella se alza de hombros
Tengo que hablar con mi mamá – dice
Llega a la cama cuando él se cansó de mirar la película vieja en TV, y esperanzado estira los brazos para recibirla pensando que esta noche también está tan linda que dan ganas de comérsela.
Siguen otra vez lunes, martes, miércoles, jueves...ella ha recibido algún amigo, él ha cenado solo, él ha llegado de trabajar y ella ya ha cenado, él ha tratado de abrazarla con pasión y ella necesita su espacio, claro, tiene razón; él ha despertado cariñoso y ella está fatal porque al despertar siempre tiene mal humor, se mira al espejo y se ve fea.
El domingo él mira TV porque a ella la inhibe el sol que entra por la ventana, sólo ha dormido un ratito y se ha levantado a hacer gimnasia.
Cuando vuelve al dormitorio a buscar la toalla para bañarse él preferiría que no lo haga. El olor de su transpiración lo excita, le recuerda las sesiones gimnásticas de erotismo no hace tanto, unos días o unos meses atrás. La encuentra más apetitosa que nunca y se lo dice
Vení que te como – Le dice, y ella huye hacia el baño a toda risa.
Él se desnuda y se mete bajo la ducha junto con ella, pero ella “no está preparada”.
El domingo siguiente regresan de un breve paseo, ella vuelve a salir con una excusa, vaya a saber, porque no la escuchó bien.
Cuando vuelve él le dice “es nochebuena”, y la mira como siempre, con el mismo deseo, pero ella le contesta que cocine lo que quiera, que no tiene mucha hambre.
La ha dejado así, desnuda sobre la cama, sábanas de seda a estrenar en Navidad. Completando el efecto la cubre con hierbas aromáticas. Meticulosamente pone la mesa, con algunos detalles adecuados, velas y hojas de muérdago. En la cocina frota con la chaira el gran cuchillo que relumbra y resuena como la risa de una bruja celta, abstraído, la mirada fija en el vacío. Va hacia el dormitorio renovando el deseo postergado una y cien noches.
Ese día se la comió.


Paginagris - ILUSTRACION MARIA JULIA EGEA

Técnica Pastel

31 oct 2007

LA COPA DE PLATA


El tipo era, en pocas palabras, una porquería. Un individuo incapaz de integrarse a la sociedad ni de considerar que en ella vivía alguien mas que él. Todo lo que significase un esfuerzo de buena relación lo veía cínico o hipócrita. Pero lo peor era que éste crápula se consideraba a sí mismo como un hombre bueno. Una desfachatez que usaba nada mas que para justificar su miserable condición. Justamente por eso tenía la certeza de haber hecho feliz a un pobre diablo.
Pero vayamos por partes. Voy a tratar de no adelantarme a juzgar los acontecimientos sino a hacer el esfuerzo de relatarlos de la manera mas imparcial que consiga.
En la madrugada de la Navidad de 1956 los primeros rayos de luz se filtraban en la casa donde en medio de la suciedad y la pobreza, lo único que resaltaba era la pesada copa de plata. Esta y el enorme botellón de vino de guarda que le habían regalado a su padre eran las únicas piezas de las heredadas que sobrevivieron al naufragio de la vida del tipo. Todos los otros recuerdos materiales de la familia habían ido a parar al banco de Empeños o al cambalache. Esa copa, sin embargo, lo perseguía a través de los años y daba la impresión de que nunca se iba a poder desprender de ella.
Todo había empezado unas horas antes, más precisamente durante la tarde de la Nochebuena. Como si fuera un día cualquiera estaba vagabundeando por una de las tantas mugrientas calles del Doque cuando el sonido de un acordeón acompañado de risas y festejos lo despabiló a cachetazos para recordarle de que fecha se trataba.
Se acordó inmediatamente de cuando era chico. Sobre el aparador del comedor armaba con papel crepé y algodón montañas nevadas, mas allá un espejo rodeado de piedras simulaba un lago, en la otra punta unos edificios de cajitas hacían las veces de la ciudad. En el medio, alejado de todo, el pesebre. Un portal con María, José y un desproporcionado niño Dios rodeado de muñequitos de vacas, burros, caballos y a veces hasta algún elefante.
Se sintió un boludo. A tal punto que decidió tener su propia Nochebuena, para, de alguna manera, poder reivindicar su historia.
Armó en esa pocilga que el denominaba casa, una mesa de festejo. Y acomodó en el centro la copa, quizás la única pieza de valor que se encontraba en el ambiente.
Se dio cuenta que por mas decorado que intentara preparar, la fiesta estaba inconclusa. Faltaba alguien. Un festejo unipersonal no era nada, o mas bien, era el signo más perfecto de la derrota, del fracaso. Necesitaba compañía.
Pensó en una mujer, pero lo desechó inmediatamente. Había una sola mujer que el podría tolerar cerca, y no era posible a esta altura convocarla mas que en recuerdos.
Se acordó entonces del viejo gringo.
Un checoslovaco que solía encontrar en esos boliches inmundos del puerto que frecuentaba cuando el alcohol lo aturdía hasta la degradación.
Ese viejo siempre estaba cuando los ojos empezaban a ver nublado y la cabeza giraba sobre su eje. Fumaba en pipa y lo miraba como estudiándolo, pero sin atreverse ni uno ni otro a intercambiar palabra. De alguna manera ambos comprendían que eran dos versiones de lo mismo. Uno mas vital, bien argentino y dueño del lugar, el otro lejano, extranjero y apocado, unidos por dos cosas en común: la soledad y el fracaso.
Ese era el tipo que necesitaba
Lo fue a buscar a los boliches del bajo y lo encontró.
En un tugurio lleno de humo, marineros roñosos, y minas berretas lo descubrió en un rincón fumando su pipa.
Entró abriéndose paso entre la multitud de cuerpos hasta llegar al lado de su mesa, lo tomó del brazo
-Te venís conmigo- le dijo
El viejo se sorprendió y trato de pedir explicaciones. El tipo no las dio y el checoslovaco al verse primereado por un individuo de saco y mas o menos bien peinado se dejó llevar. Nadie les dio bola.

Sentados frente a frente en una mesa navideña parecían dos amigos, Bebían copiosamente y ya estaban ambos lo suficientemente borrachos como para entrar en confesiones.
El viejo se llamaba Franta y en un diálogo absurdo e incomprensible, llegó a nombrar a una mujer de ojos transparentes, un muchacho ya seguramente hombre, con sus mismos ojos y la entereza que a él le faltó.
Todo había quedado atrás, en un trozo de su historia, de su vida, sobre todo de su pasado.
-¿Y que onda de recuperar aunque sea una parte de todo esto, Franta?- preguntó el tipo.
-¿Recuperar que?- se enojó el checoslovaco- Cuando yo me fui de mi aldea era una persona. Pobre, pero una persona. Hoy soy un desperdicio, no puedo volver a presentarme como si nada- Hizo una pausa para refregarse los ojos – Vine a América con la promesa de juntar la plata para traerlos, pero me la jugué, me la jugué toda y no pude cumplir la promesa en su momento. Hoy ella está muerta. Se murió esperando que la traiga ¿me entiende? ¡Que mierda voy a recuperar ahora!- Se cubrió la cara con las manos.
-Ella se murió, yo no cumplí, los dejé solos, y ni siquiera puedo pegarme un tiro-
El pobre Franta, en su miseria debía pensar que el tipo era una especie de millonario. Sabía hablar con palabras importantes, se afeitaba y por sobre todo lo que mas le llamó la atención, tenía una enorme copa de plata en su mesa. Por un momento se le debe de haber cruzado por su endeble imaginación que podría robarle, incluso matándolo, ya que el alcohol y el resentimiento lograban que fácilmente lo odiara.
El tipo debió de avivarse de los sentimientos del viejo porque enseguida tomó la iniciativa de la conversación y empezó a inventar una patética historia de un cáncer.
-Ya no pertenezco a los hombres.- decía el tipo – Solo soy un muerto de vacaciones. No tengo nada que esperar mas que la transformación de mi cuerpo hoy todavía erguido, en un tieso cadáver-
Miró al viejo a los ojos aunque a este le costaba mantenerlos abiertos debido a la borrachera.
Los sorprendió de golpe un fuerte bullicio en las calles. Se escuchaban explosiones, risas y gritos. También alguien cantaba. Había nacido el Niño Dios.
-La vida es de ustedes, de los que pueden esperar algo- le dijo al viejo – y te prometo que toda mi fortuna va a servir solamente para darte una razón de vida. Para devolverte la esperanza-
Al viejo se le escaparon unas lágrimas e intentó tomarle las manos
-Gracias- le dijo – No te olvidaré mientras viva-
El tipo fue hacia el viejo bargueño y trajo el botellón de vino añejo. Era un misterioso licor. Quien se lo había regalado a su padre le había dicho que era una artesanía de una pequeña aldea europea. Le decían el Vino de la Verdad porque según la leyenda que le había contado el padre, quien lo bebe se ve tal cual es, sin máscaras ni representaciones. El estado mas puro del ser.
Llenó la enorme copa de plata con el vino y se la entregó al viejo.
-Brindemos, por ese Dios en el que no crees y que maldijiste cientos de veces. Brindemos por una nueva posibilidad-
El viejo tomó la copa con las dos manos temblorosas y tomó un generoso trago del rojo líquido. Lo sintió fuerte, profundo y penetrante. Respiró un bocanada de aire y se animó a otro sorbo.
Inmediatamente tuvo que dejar la copa en la mesa ya que sintió un sacudón interior. El tipo miraba en silencio como el viejo iba transformándose. Sus arrugas parecían profundizarse y su cuerpo cambiando de forma. Lentamente el vino estaba haciendo su trabajo, y tal como decía la leyenda, iba apareciendo ante él otro Franta. El viejo se retorcía en silencio y poco a poco se iba achicando, sus facciones habían desaparecido, así como sus brazos se iban acortando. De pronto se perdió entre sus propias ropas.
El tipo no reaccionó inmediatamente impresionado por lo que estaba presenciando. Al rato se paró y revolvió los miserables trapos que hacían la vestimenta del pordiosero. Y allí lo encontró. Un enorme gusano se retorcía sobre la silla. Ahora el nuevo Franta se veía tal cual era, simplemente un gusano.
Al principio el tipo sintió una especie de asco pero pronto comprendió que eso era exactamente lo que él le había prometido. Ese gusano algún día se transformaría quizás en mariposa, o polilla, en definitiva le crecerían alas. Ese nuevo Franta entonces tenía una esperanza.
Se sintió regocijado y comprendió que había realizado un acto de amor y decidió hacerlo completo.
Tomó entonces al Franta gusano entre sus dedos y lo arrojó dentro de la copa de vino. Pensó que debía inmortalizar la esperanza del viejo que era su mayor anhelo.
Alzó la copa como si estuviera dando misa y se bebió el contenido de un trago. Incluyendo a Franta.
Su cuerpo empezó al rato a sufrir cambios y también se fue achicando.
A los días, cuando llegaron los inspectores, estaba adormecido adentro de la copa. Mientras revisaban todo el cuarto, el cabo primero lo encontró. Prontamente sacó su machete y con un certero golpe le aplastó el cráneo
-Ratas de mierda- dijo el policía.

Mauricio Barreto

Ejercicio de taller: Reescritura del cuento “El Candelabro de Plata” de Abelardo Castillo

29 oct 2007

GATO EXTRAÑO


El gato estaba en vidriera. No crean que era una veterinaria. Era la más grande de las librerías de la ciudad
Funcionaba a full todo el día. Tenía libros de todas las materias escolares, de todos los grados. Además estaban los secundarios vendiéndose a todo vapor y para los más grandes, las especialidades de la universidad hacían base en el negocio.
Cuando los niños pegaban sus naricitas al vidrio, el gato inmóvil como siempre solo abría unos ojos amarillos, los cerraba y seguía descansando.
Creció durante años y su largo pelo dorado a rayas tipo angora siempre estaba pegado como pincel gigantesco al vidrio del frente Sólo algunas veces y por necesidades obligadas dejaba ese centro donde era admirado y salía a la calle junto al librero para resolver sus miserias.
En esos momentos aprovechábamos para leer el lecho en el cual depositaba el gato sus kilos y llamativamente eran todos cuentos de animales salvajes, especialmente felinos de grandes ojos rasgados.
Tanto nos intrigó esa costumbre de vivir en la vidriera, que una tarde nos arrimamos al dueño y le preguntamos el motivo tan especial de ese personaje
La respuesta fue extraña.
- Este felino es recuerdo de un viaje por la selva misionera. Cuando con un grupo de cazadores estábamos en marcha esperando ver algún animal salvaje, encontramos este pequeño que tendría solo dos días, tirado debajo de un árbol coposo que tapaba una madriguera. La cueva estaba vacía pero el lugareño que nos acompañó nos dijo: “Esto pertenece a un gato montés, que ha tenido crías, pero este salió raro, anormal y por lo tanto lo ha tirado fuera de la casa y no lo reconocerá.” Como una cualidad de nuestras vidas era ayudar y acostumbrábamos a acercarnos a lo diferente, decidimos traer ese pequeño retoño a nuestro hogar. Desde que entramos esa tarde al negocio, hace años de esto, él eligió la vidriera y por supuesto el lugar en el cual se exponían cuentos y fábulas de animales selváticos negándose de por vida a abandonar ese rincón.
Cuando el dueño murió el negocio cambió de patrones y él desapareció de la vidriera. Entonces fuimos investigando entre los amigos si alguien lo había llevado a su hogar. Durante quince días recorrimos la ciudad mientras el negocio estaba totalmente cerrado.
La mayoría de los habitantes de la localidad conocían al inquilino de la vidriera pero no pudieron responder nuestras preguntas. Clientes, amigos, familiares, nadie estaba al tanto lo que pasó con el gato
Finalmente una tarde, comentando con el portero la desaparición del gato, decidimos pedir las llaves del edificio y entramos angustiosos.
Un feo olor nos inundó de pronto
Al llegar a la vidriera encontramos un grupo de ratas gigantescas que habían comido al gato. Lo que mas nos llamó la atención fue que la piel había desaparecido, no estaba entre sus restos.
Dicen algunos conocidos que, en el nicho donde reposa el cuerpo del señor de la librería, hay una piel enroscada.

Nelly Capurro

1 sept 2007

EL GOL


Como por un túnel entramos a la cancha. Dejando atrás el pozo oscuro y húmedo sentimos la olvidada caricia del sol sobre nuestras carnes tensas por el partido.
Hacía una semana que Ellos habían lanzado el desafío cuando el Rata los servía en el comedor. Desde el principio nos asustamos. No podíamos creer la inocente invitación para medirnos en una cancha, y por eso buscábamos otras intenciones. A la noche, cuando todas las luces se apagaban y cada uno abrazaba sus recuerdos, el partido se fue haciendo imagen en nuestras mentes, filtrando en gestos y palabras nuestro miedo. Pero poco a poco, aquella fuerza interior que años de potrero había sembrado en piernas y entrañas, fue haciéndose más y más grande, y si bien no alcanzaba a darnos valor por lo menos nos dejaba aceptar nuestro destino. Y mientras Nosotros seguíamos masticando desconfianza y miedo, Ellos se nos habían adelantado con la orden de que en cuatro días habría partido.
Hoy la cancha nos enfrenta cara a cara con nuestros enemigos. Coronándome capitán en un sólo gesto, Martínez me llama al medio y me impone las reglas. El partido se juega a muerte súbita, es decir, al primer gol se termina el encuentro. De esta manera, para disfrutar nuestro recreo debemos aguantar un marcador intacto. Esta regla y nuestro maltratado estado físico les permite a Ellos manejar la situación a su antojo, como siempre.
Martínez aún se hace tiempo para advertirme algo sobre el juego sucio mientras guiña un ojo. La mueca, si quiere ser graciosa alcanza para helarme de miedo. No sé si me asusta el gesto, esa media mirada premonitoria, o más aún me asusta sentir, sacudida por sus palabras mi anestesiada bronca.
El partido empieza y el silbato sopla mi pensamiento y lo manda lejos. Con la pelota en su poder Ellos rápidamente llevan el juego hacia nuestro arco. Nosotros no hacemos más que mirar y apenas acompañar el avance sin animarnos a jugar. El Ruso, nuestro arquero, los ve llegar fuerte y triunfadores por primera vez al arco y ni siquiera alza las manos para defender su cuerpo. Ellos cuidando el juego sacan la pelota de la cancha.
Al Gallego le toca sacar y avanza lentamente mientras Ellos lo esperan al medio con una presencia que alcanza para que les entregue la pelota sin amagar a retenerla. Cardozo arremete anticipando un zurdazo, mientras el Ruso alcanza a achicar el arco inútilmente porque Cardozo patea afuera otra vez.
El partido sigue igual, Ellos consiguen la pelota sin necesidad de pelear, y Nosotros, por temor o lo que sea la aguantamos sólo hasta el medio y allí la entregamos a sus pies. Ellos avanzan hasta el arco, la tiran afuera y todo vuelve a comenzar.
Los minutos pasan y con el sol sobre nuestras cabezas, después de mucho tiempo volvemos a transpirar de calor. Empezamos a escuchar tímida la voz del Ruso pidiendo que juguemos, que no la entreguemos. Ruiz sin atreverse a cambiar la va acercando hacia el previsible destino del medio. El Moncho se la pide, Ruiz duda y el correntino adivinando la indecisión se le acerca de atrás y diestro se lleva la pelota. La juega con un estilo que agita otra vez mi vieja osadía dormida. La flaca cintura del Moncho se quiebra en formas incomprensibles y la pelota le juega cosida a los pies. El Moncho brilla y su esplendor se nos escurre hacia dentro, buscando un sitio donde alojarse para alumbrarnos nuevamente. Pero El Moncho no se arriesga y con un delicado pase de niña les cede la pelota.
Seguimos la misma táctica pero algo del Moncho se nos queda pegado y el juego cambia. Mientras nos atrevemos a avanzar en campo contrario, recuperamos cierta memoria del juego. Comenzamos a disfrutar la pelota, la cancha, los gritos de aliento. Percibimos por primera vez que algunos de Nosotros desde su encierro nos miran sonrientes. Adivinamos sus deseos y este descubrimiento nos planta de otra forma en la cancha.
Empezamos a jugar más de igual, como si fuera posible, Nosotros a Ellos de igual a igual. Y por tercera vez esta tarde, aquella indocilidad vuelve a desperezarse en mi interior y me envía sus mensajes. El Moncho lleva la pelota cuando Bujía le hace una plancha, El Moncho vuela y cae pero Bujía es tan perro que lo primereo, me le gano y salgo victorioso hacia delante. Ruiz se agarra la cabeza parado en la cancha, pero de atrás El Pibe me viene acompañando y casi sin mirarnos entendemos qué debe hacer cada uno. Avanzamos gambeteando a Rojas y al Chino que como están gordos no pueden hacer más que poner el cuerpo. Se nos acerca el Tordo, se da alquimia y llena de coraje nuestros pies y de sueños nuestra cabeza.
La marcha dura poco porque Rebolledo se le planta de frente al Moncho y lo frena con un rodillazo en la ingle. El correntino se congela y cae doblado en dos, en tres, en cuarenta pedazos, como tantas otras veces. El Cura y yo nos agachamos para atenderlo mientras que Ellos triunfantes se llevan el juego y nuestra dignidad, como siempre.
Un griterío nos aparta del Moncho, vemos a Ruiz avanzar firme y le descubrimos un ignorado empecinamiento. Rebolledo desafiante le planta la pelota delante, Ruiz se la saca y Rebolledo sonríe simulando ante sus pares mientras la rabia le brota mezclada al sudor. Ruiz sigue mientras El Chino lo espera para surtirlo, pero Ruiz que es más hábil y liviano lo gambetea bordando en la cancha una filigrana arriesgada y de lujito, mientras Fabio llega para ayudarlo. Entre los dos improvisan un contrapunto con la redonda delante de Ellos que ya no pueden ni correr. Esta especie de capitulación hace que yo también corra a ayudarlos. Se acerca El Pibe, El Ruso y todos vamos como una máquina avanzando sobre el campo. Tiemblo pensando que podemos hacer un gol y finalizar el partido. Ganarles a Ellos no será gratis y esta noche cada celda temblará de dolor. Ellos querrán vengar la derrota en nuestra carne. Esa certeza nos paraliza y dócilmente devolvemos la pelota, mientras la furia se me hace hoguera.
Ellos ya cansados avanzan sobre nuestro arco. Imaginamos que en este avance terminará el partido y hasta tememos perder.
El Moncho lentamente se ha ido recuperando, y ya en la cancha lo veo correr hacia la pelota gritando algo que no alcanzo a escuchar. Los gritos de aliento de otros detenidos me tapa su voz. Siento algo caliente correr por mis mejillas cuando descubro que estoy llorando. Imagino que lloro de impotencia, de dolor, del presagio de esta noche, lloro por haber escapado una hora del horror y lloro por tener que volver. Lloro por el fútbol y por Huracán, y por la cancha los sábados a la tarde con el viejo. Y lloro mientras Ellos disfrutan los últimos minutos saboreando su victoria.
Y mientras lloro, la hoguera ya no tiene espacio dentro de mí, me pide salir y no me deja detenerme, quema por dentro y me empuja hacia Ellos, mientras mis compañeros vibrantes de fútbol, siguen soñándose en una tarde de otras canchas, de otros desafíos, y se llenan de luz y dejan que vuelen sus pies, y sus cuerpos se elevan y de pronto estamos cada uno en su mejor partido. Y en ese embrujo, el Moncho, el Cura y yo nos paramos delante de la valla, y plantado delante del arquero tiemblo, pero no dudo. Y miro a todos, y mis compañeros se me acercan y Ellos, amenazantes, van sacándose las camisetas, y Martínez me advierte con la mirada, y mis compañeros se agarran de las manos y nos lanzamos al último avance con la pelota en mis pies. Avanzamos en medio de nuestro alarido y el de los detenidos desde sus celdas altas, y con el grito descarnado de nuestros seres queridos que siguen buscándonos, y con el aullido de quienes no resistieron, y gritamos nosotros también, y es un sólo grito. Desde la garganta, desde el estómago, desde las pelotas. Gritamos desde nuestros pies y el grito pone en mi botín derecho la impotencia y el miedo, y de una patada los expulso para siempre junto a ese gol que nos hunde pero nos libera. Ese gol que nos mata y nos hermana en esta muerte. Y mientras Ellos agotados y desparramados en el piso dan la señal para que entren otros Ellos descansados y preparados para empezar a cobrarse la derrota, vuelvo a sentir al fin que el fuego soy yo.


Liliana Maino

MANDRAKE Y L’OTARIO


Los años no habían pasado en vano. El mago y su amigo musculoso esperaban plácidamente entre las páginas de la revista –impresión en offset en papel obra, blanco y negro y tapa color – hasta que algún coleccionista los descubriera. En el primer cuadrito Mandrake miraba por sobre la capa que cubría parte de su rostro. Sólo aparecían los ojos penetrantes bajo dos cejas delineadas al estilo Marlene Dietrich. La galerita cubría una calva descorazonadora y la capa ocultaba la papada y el bigotito anchoa prolijamente teñido.
En otro cuadrito, sentado de espaldas al lector, L’Otario miraba el horizonte, una línea de tinta donde emergía el letrero en caracteres confusos. El globito de mandrake dice:
- ¿Que miras con tanta atención?
- El letrero, maestro- responde L’Otario sin volverse porque no quiere que le vean la panza – no entiendo qué dice.
Mandrake hace un pase mágico y las letras se vuelven legibles.
- ¿Y ahora? – dice el globito del mago
- ¡Minga! –responde su ayudante
- Es porque está en inglés – el mago hace otro movimiento y las letras cambian nuevamente.
L’Otario se levanta despacio, quejándose del reumatismo, y camina hacia el letrero. En el cuadrito se ve achicarse la figura del moreno, sus pisadas dejan huella en la arena. En el siguiente la espalda de Mandrake a primer plano marca la distancia del lugar donde L’Otario desaparece en el suelo, antes de llegar al cartel que ahora se lee: “CUIDADO CON EL POZO”.
Revoleo de brazos y capa en el gesto mágico, a Mandrake se le cae la dentadura pero reaparece el negro, bastante maltrecho y apesadumbrado.
El último cuadrito en la esquina de la página arrugada, amarillenta.
Globito de nube que indica que L’Otario piensa.
- ¡Voy a tener que cambiar los anteojos!

26 ago 2007

Suceso en la edad media.


El pueblo de la campiña irlandesa permanece envuelto en una densa niebla. El sol es una rara joya que reluce pocas vences al año Las piedras resbaladizas de las calles son una trampa para los carros y para los granjeros que caminan por las laberínticas calles del lugarEntre las sombras ANETA y su hija adolescente, corren pegadas a las paredes. Buscan comida ya que hace días que no se alimentan. Los habitantes no admiten el pedido de las pordioseras y ellas se esconden en los huecos de los portales murmurando ¡Basta de sufrir Dios mío!De repente una mano fuerte y velluda las toma por el cuello y las mete de golpe en una habitación en tinieblas. Sólo ven un camastro en donde reposa un joven de tez verdosa, ojos hundidos y manos transparentes. Todo su físico cadavérico denota una larga enfermedad que lo esta acercando a la muerte. Gime- ¡Basta de sufrir Dios mío!-El hombre rudo que las introdujo en el cuarto las obliga a sentarse en un jergón, mientras sobre una mesa moviliza una serie de frascos y bichos extraños. Algunos de los frascos tienen restos de un líquido rojizo. -¡Eso es sangre mamá!-dice la jovencita asustada.La madre se acerca a la mesa y observa que un frasco esta envuelto en un caño vegetal perforado-¿Qué es esto? ¿Que pasa aquí? pregunta aterradaEn ese momento el bruto hombrazo que las introdujo la sienta de un manotazo en una silla junto al camastro, le quita la ropa a jirones y sobre sus pechos y espalda desnuda le aplica una cantidad de sanguijuelas que hacen brotar surcos de sangre que rápidamente recoge con una espátula depositándolos en los frascos. Dicha sangre es introducida con la caña vegetal en la boca del joven exhausto que se mantiene en un sopor que lo descuelga del mundo que lo rodea murmurando-¡Basta de sufrir Dios mío!-Una vez terminada la alimentación del mancebo, la pobre mujer queda extenuada a su lado. Aún desde su estado deplorable se ofrece ella a dar toda su sangre si le permiten alimentarse para sobrevivir a su adolescente niña que llora en silencio con profunda tristeza y repite entre sollozos -¡Basta de sufrir Dios mío!-
Nelida Capurro